UN DESAFÍO DOBLE

ENRIQUE D. ZATTARA

Entre ínsulas y penínsulas: haiku narrativo y otros microcuentos. Sevilla, Cuadernos Di-fusión, 2017

Los microrrelatos están de moda. En tiempos de twiter y facebook, cuando es cool vivir acelerado, no hay tiempo para perder demasiado en la lectura. Será por eso que el mercado de los “microcuentos” se esparce por doquier. Lástima que muchos crean que de lo que se trata es simplemente de escribir un cuento cortito, un resumen – digamos – de lo que podría haber sido (caso de que, naturalmente, el autor hubiese sido suficientemente talentoso para ello) un cuento con todas las de la ley. Y no. Se confunden de punta a punta. Cuentos y microcuentos son dos géneros diferentes, cada uno con la misión de conseguir un efecto sobre el  lector, a partir de determinados procedimientos textuales, y por tanto (dentro de lo que pueda llamarse ”regulación” en el arte literario) con sus propias reglas. Escribir un microcuento es un desafío, no un facilismo. Con mejor o peor resultado, estos jóvenes escritores debutantes  se han arrojado a ese desafío con claridad de ideas, sabiendo a dónde quieren ir.

En esa epocal  confusión no parecen haber caído los autores de este libro que reúne cincuenta textos de este género. Con mejor o peor resultado, estos jóvenes escritores debutantes  se han arrojado a ese desafío con claridad de ideas, sabiendo a dónde quieren ir.

Pero como si ajustarse a las normas del género (no es casual, dicho sea de paso, que estos microcuentos compartan espacio con algunos haikus, género poético rígido por excelencia) ya no fuera un desafío en sí, estos audaces amantes del “más difícil todavía” lo hacen en una lengua que no es la suya: el castellano.

Y es que se trata de jóvenes estudiantes británicos de la University College of London, especializados en lengua y literatura en español, quienes suscriben la autoría de estos textos audaces y – en su conjunto – logrados. Relatos que abarcan los temas más variados, pero siempre respetando esas características esenciales del género:  el desenlace súbito en que en una frase final da sentido a la historia, la ironía sugerente, incluso la intertextualidad en muchos casos.

Es dable suponer que gran parte de ese mérito (aparte de ellos mismos) debemos adjudicársela a su mentor, el profesor Tyler Fisher, que por cierto también se apunta al desafío doble incluyendo textos propios.

Pero en fin, qué mejor recomendación que dejarlos en compañía de los relatos mismos: como muestra – dice el dicho – basta un botón.

 

El narciso

En una maceta desportillada al lado de la bañera, residía un narciso ególatra que todos los días admiraba su reflejo en la superficie del agua cristalina.

De pequeño, aún cuando era un bulbo cubierto de barro, se jactaba:

-Soy el más hermoso de todos.

Cuando la bañera se llenaba de espuma, el narciso lloraba por  no ser capaz de ver sus pétalos dorados, exquisitos.

Un día estiró el delgado tallo y exclamó, haciendo eco en todo el baño:

_¡Tengo el pelo de ébano, la piel de porcelana, los ojos verde esmeralda y un perfume afrutado!

Las demás se burlaban de su ilusión.

A1 final, la flor presumida se marchitó sin darse cuenta de que, de hecho, se había enamorado del reflejo  de la dueña del apartamento, siendo un caso de identidad equivocada.

Catherine George

 

 

Extraterrestre

Tras ver la película del extraterrestre, soñó que a ella también le crecía un organismo dentro del cuerpo. Sentía a la criatura contonearse, empujar, retorcerse y patalear dentro de ella, _y se imaginaba tocar esa piel blanquecina y delicada, y oler ese material fìbroso negro que le cubría la cabeza. Se revol vía en la cama tirando de las sábanas, destapándose. Sudada, se despertó, y en pánico miró hacia su vientre, calmándose al ver que estaba completamente normal, sus escamas brillando en la luz de las trece lunas neptunianas que brillaban sobre ella.

Hannes Pardo

 

 

El último hombre en la Tierra

El silencio se extendió, envolviendo la casa, el pueblo, el país, el planeta. El último hombre en la Tierra se quedó sentado, su pistola sobre la mesa frente a él. Había llegado a la conclusión desoladora e inevitable deq ue no le quedaría más que una eterna soledad. Apuntó el cañón contra su sien, y en el momento en que apretó el gatillo, sus ojos se agrandaron al entrever una sombra pasar bajo la puerta.

Charlotte Toon

 

 

Hipocresía

“¡Libertad para todos! ¡Necesitamos cambiar el punto de vista del mundo entero! Todos los animales deberían ser libres para vivir como Dios manda. No están aquí en la Tierra para servimos, ¡basta de crueldad e ignorancia!”.

Así terminó el discurso televisado del experto vegano.

Mientras tanto, en su minúsculo apartamento, el gato del experto vegano se despertó por un fuerte aplauso que venía de la televisión. Giró la cabeza para escudriñar las cuatro paredes en las que había nacido y ahora crecía. Y por séptima vez en el día, la misma pregunta le atravesaba la cabeza.

¿Por qué seré yo el único animal que no merezco esa famosa libertad?

H. M. Harrigton

 

 

La vida después de la muerte

No me importó cuando un fantasma vino a vivir conmigo. Mi casa era demasiado grande para un soltero, y ya había hecho las paces con la muerte.

No me sorprendió que su apariencia fuera tan triste. Ni siquiera me molestó que mi fantasma siempre estuviese aullando, gimiendo, y sollozando. Su ruido continuo simplemente formaba parte del estático del universo. Lo ignoraba.

La única vez que mi fantasma me molestó era cuando se fue. El silencio resultante era tan total que era como si el edificio contuviera la respiración, y por primera vez desde su llegada, tenia miedo.

No me acuerdo exactamente cuándo encontré su cuerpo, ya que después de mi descubrimiento, me puse bastante enfermo. Ni siquiera me acuerdo exactamente cuándo la policía llamó a mi puerta. Me dicen que, al verme con la piel pálida de los muertos, llamaron a un médico.

Pero cuando el médico llegó, ya habían encontrado a mi fantasma, ya me habían detenido, y la casa estaba vacía.

Alice Franklin

 

 

Sin título

Se puso a escribir microcuentos. Responden a la falta de tiempo, pensaba.

Pero le costó un mes concebir uno, y aún no ha dado con un título.

 

Tyler Fisher

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