CUENTOS REALIZADOS EN EL TALLER DE NARRATIVA DE OTOÑO DE "EL OJO DE LA CULTURA"

Estos cuentos son el resultado del Taller de Narrativa de Otoño de El Ojo de la Cultura Hispanoamericana, coordinado por Enrique D. Zattara, que se desarrollò en Brixton durante ocho sesiones en los mese de octubre y noviembre. Los cuatro relatos que llegaron a la etapa final de elaboración, fueron enviados al crìtico Juan Toledo para que juzgara - según su punto de vista- el orden de calidad de los mismos, que es el orden en el que se publican aquí. Losmejores relatos fueron publicados también en otros medios de Londres. Está abierta la inscripción para un nuevo Taller de Invierno, que dará comienzo el 11 de Enero, los Miércoles de 7 a 9 pm- Los interesados pueden informarse en el mail " Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. " o en el teléfono 074 2523 6501.

 

ENFRENTAMIENTO

Silvia Juliana Rothlisberger

 

 

Como si hubiera
una región en que el Ayer pudiera

ser el Hoy, el Aún y el Todavía.

El Tango, Jorge Luis Borges

 

Después de varios días de enfrentarse con la página en blanco y sin lograr escribir una sola palabra de su libro, había salido a caminar para refrescar las ideas. Las calles estaban vacías, era medianoche y la luz de un bar de antigua fachada lo atrajo como a una polilla.

Junto a la barra había varias mujeres entre las cuales sobresalía una, altiva, de mirada profunda. Pensó que si la Lujanera, la que en una sola noche había tenido tres hombres, existiese en el mundo físico, se parecería a ella. El lugar era un galpón de chapas de zinc y estaba inundado de malandras valentones de esos que en uno de sus poemas Borges había llamado chusma valerosa. Asombrado, reconoció entre ellos al mismísimo Rosendo Juárez el Pegador, con su sombrero alto de ala finita, sentado en la mesa junto a la ventana alargada fumando un cigarrillo. Sintió que el espacio y el tiempo se habían transportado al salón de Julia, aquel donde Rosendo perdió su coraje a manos de otro cuchillero.

Entonces descubrió de pronto que los músicos tocaban las canciones de El Tango, un disco producto de la colaboración entre Piazzolla y Borges, precisamente aquel disco sobre el cual llevaba dos días, casi insomne, intentando inútilmente escribir para su libro. Había escuchado El Tango una y otra vez en esos días, y cuando no estaba escuchando el long play, leía incansablemente el Hombre de la Esquina Rosada en busca de pistas, ideas o quizá inspiración para escribir. Ya se sentía más cercano al corralero Francisco Real, a Jacinto Chiclana, al títere y a Don Nicanor Paredes con sus cuchillos, sus puñales, sus corajes, y sus muertes; que a su propio gato. Aún así, ni una palabra había logrado poner sobre el papel.

“Ahora solo falta que me encuentre con Borges y Piazzolla bebiendo un trago juntos. Lo que sería absurdo después que Piazzolla dijo que Borges era un sordo ignorante, a la vez que Borges llamaba a Piazzolla, Pianolla. Es increíble que, a pesar de haber creado esta obra maestra, hayan sido enemigos hasta la muerte,” se dijo. 

Veía a las parejas perder su voluntad frente a la música y el baile. ¿Cómo había llegado hasta allí? “Pero que tonterías estoy viendo, cómo pueden estar en el bar de la esquina personas que existen solo en la ficción, personajes de un cuento”, pensó entonces, en un momento de lucidez. Había una sola explicación razonable: la obsesión por el tema de su libro estaba provocando delirios en su mente cansada. Lo mejor sería regresar a casa, olvidarse de El Tango, de Piazzola y de Borges, de su libro frustrado. Dormir tres días seguidos.

Llevaba varios minutos mirando fijamente a Rosendo Juárez, cuando el más joven de los orilleros que estaba con Rosendo lo notó y se paró frente a él lanzándole un escupitajo. La música se detuvo y varios empezaron a chiflar. El joven orillero metió su mano derecha en el bolsillo del chaleco y lo miro con ojos desafiantes. Lo estaba retando para que salieran a un enfrentamiento a cuchillo.

Lo más parecido que tenía él a un cuchillo era el bolígrafo que cargaba en el bolsillo izquierdo de su camisa. Alzó su mano negándose al enfrentamiento con un movimiento de cabeza, lo que pareció agraviar aún más al compadrito, quien ya tenía el cuchillo en la mano y apuntaba con la mirada hacia la puerta del bar para que salieran a pelear. Pero la Lujanera se acercó al orillero y le cogió la mano.

- Déjalo, este no es hombre que valga la pena – dijo con ira.

El aprovecho la distracción para escabullirse entre los cuerpos y salir del salón de baile, como había salido, humillado, el propio Rosendo Juárez en el cuento de Borges que releía desde hacía varios días. Al pasar por la puerta vio que el cielo estaba lleno de estrellas: parecían estar unas sobre otras y sintió un leve mareo.

Caminó por la calle oscura sintiendo que no era nadie. Volteó la mirada hacia el bar de donde salía la única luz de la cuadra, dio un leve brinco de hombros al notar la soledad que irradiaba el lugar. La imagen parecía sacada de Los Noctámbulos de Edward Hopper.

Sacó el bolígrafo del bolsillo de su camisa y lo tiró a un charco. Sintió que, como la Lujanera había dicho, era alguien que no valía la pena. Le dolía su propia cobardía. No había tenido coraje suficiente para enfrentarse al desafío de aquel rufián borgiano, no había tenido coraje suficiente siquiera para escribir sobre gente como él.

Se quedó mirando el bolígrafo en el charco y veía esas cosas de toda la vida – la página en blanco, la calle vacía, la luz de la esquina – hasta que descubrió las estrellas reflejadas en el agua. Entonces comprendió que tenía una historia que contar y que no era de los que se dejaban intimidar por un reto. Recogió el bolígrafo, lo limpió cuidadosamente como si fuera la hoja reluciente del más letal de los cuchillos. Alzó la mirada al cielo estrellado y decidió que ya era hora de aceptar el enfrentamiento.



 EL ACCIDENTE

 

Andrés Tacsir

 

 
 

Ayer, justo después del partido de bochas de cada sábado, le había empezado a doler la ciática. Las molestias llegaron de repente y Atilio comenzó a tomar esos calmantes que habían sido efectivos alguna otra vez. Los dolores se iban y venían. Decidió, entonces, no decirle nada a Silvia: como siempre, solo decía aquello que era imprescindible.

Esta mañana despertó sin dolor y cuando Daniel vino con los otros dos para filmar estaba perfectamente bien. Por la tarde, sin embargo, una sensación de incomodidad lo invadió; pero no fue por la ciática: fue por la entrevista.

Ya sabía que tenía que tener paciencia. En uno o dos días si lograba evitar pensar en el tema, la incomodidad desaparecería.

Para no darle chances a la ciática, había decidido cuidarse. Quería evitar inconvenientes durante los próximos días en que estaría solo: le aterraba la idea de tener que ir a las urgencias del NHS sin compañía. Sabía que ni Silvia ni su hijo, Mateo, estarían para darle una mano. A pesar de los mil contratiempos, Mateo no había abandonado la idea de cubrir por tierra el trayecto desde el DF hasta la casa que su abuelo paterno había construido siendo muy joven en Concordia. Ese sería, según los planes, el punto final del viaje: de allí solo le quedarían unos pocos kilómetros hasta Buenos Aires desde donde volvería. Silvia empezaría mañana su recorrido anual por las doce oficinas europeas.

Ya por la noche, en el cuarto contiguo Silvia estaba con los preparativos finales de su equipaje. Había pasado todo el día en su oficina ultimando detalles de sus próximas reuniones y era el primer momento que tenían para hablar. Entraba y salía de la habitación con ropa y zapatos en las manos. Atilio ya estaba listo para meterse en la cama.

-¿Viste el mensaje?- preguntó Silvia. El acento italiano, aunque leve, se distinguía todavía, incluso en las frases cortas-. Mateo tuvo problemas de vuelta en uno de los autobuses. No sé si es una buena idea que siga arrastrando a esa perra callejera por todo el continente. Ya se lo he dicho. Tarde o temprano en algún país le harán problemas en una frontera: sanidad, tráfico de animales. No sé. Algo pasará…

A Atilio le incomodaba que Silvia siguiese llamándola la perra cuando tenía un nombre desde que fue encontrada y recogida en Quetzaltenango. Eso era ya a más de mil quinientos kilómetros de donde estaba ahora con Mateo. Atilio mismo reconocía los riesgos del viaje pero sabía que habían logrado atravesar ya varias fronteras (tal vez cinco o seis). Y ¿quién sabe? –pensaba-: tal vez en unas semanas estará feliz, ladrando y correteando en la arena sobre el caudaloso rio Uruguay. Sabía que se las arreglaría para ir pasándola legal o ilegalmente, si era necesario, por los diversos controles.

Sentado en la cama solo abrió la boca para contarle a su mujer cómo había sido lo de esa mañana. Y lo dijo siguiendo su estilo: con pocas palabras. Daniel había venido con los dos encargados de hacer el documental: el director, un chico argentino, y la que filmaba, una alemana. Fue simple. Trajeron una cámara, un par de micrófonos y un trípode. Primero recorrieron la casa y el jardín para estudiar lo que harían. Decidieron filmarlo alimentando a Teruel y a Mancha en el living, saliendo de la casa y caminando por la calle, aquella paralela a la via. Se tomaron un café y empezaron con la entrevista. Todo el tiempo Daniel se quedó en la cocina, con los brazos cruzados, sin participar.

-Me hicieron varias preguntas –le dijo Atilio a Silvia mientras seguía yendo y viniendo-. Bueno, en verdad, la que preguntaba era la que filmaba. Preguntaba en inglés pero pedía que contestara en castellano.

Atilio le contó que la alemana primero quiso saber un poco de su historia, de cómo había llegado a Inglaterra, por qué se había ido de la Argentina. Después, dijo, empezó con el juego en sí mismo, qué era lo que más le gustaba cuando jugaba, cómo mentía jugando, si era un buen jugador, un buen mentiroso. Ya en el final quiso saber por qué iba a jugar a lo de Daniel y por qué volvía a ir una y otra vez. Silvia seguía entrando y saliendo de la habitación pero ahora no con ropa sino con papeles. Le preguntó qué le había contado.

-Y la verdad. ¿Qué le voy a contar? –contestó Atilio- Que me vine en el 77, que tenía muchos amigos que estaban viviendo en Europa y que me parecía una buena idea venir a verlos. Que un día me desperté impulsivo, hice las valijas y me vine. Que uno a veces sale del país sin un plan muy claro: que sabía que quería pasear por Francia, España, Italia unos meses y volver… pero una cosa lleva a la otra… las cosas de la vida lo van llevando a uno a quedarse… Y acá me quedé: de repente uno abre los ojos y ya pasaron 40 años. Con un hijo, mujer…y ya no se te hace tan fácil volverte-respiró hondo e hizo una pausa-. ¿Qué más querés que le cuente?

Ella se detuvo en la entrada de la habitación. Puso su móvil en el bolsillo del pantalón y le preguntó si le había mencionado lo del accidente de Juan José.

-No, Silvia, sabes que no es fácil –hizo un silencio-. Además para esto ¿qué puede importar que me fuera después de que un amigo muriera en un accidente de coches en una rotonda a cinco kilómetros de Concordia?

Sobre el truco en sí, Atilio fue claro con la alemana: es simplemente un divertido juego de cartas. Él, le había contado a la alemana, no creía que fuera particularmente un buen jugador y que sin duda mentía jugando pero de la misma forma en que mienten todos lo que se sientan a la mesa a jugar.

-Le gustó cuando le conté que ni bien llegado a Londres ya lograba jugar al truco. Que cuando vivíamos en esa casa gigante de Camden venía y se iba gente todo el tiempo, que estaba llena de amigos. Que circulaban latinoamericanos: muchos argentinos, chilenos y uruguayos. Y que siempre había gente para jugar; se llegaban a armar varias mesas y unos pica-picas divertidísimos-. Hizo una pausa y agregó- Creo que esta alemanita ya sabe lo que es el pica-pica. Y si no, es tiempo que lo vaya aprendiendo. ¿Qué documental va a hacer si no, no? ¿Qué historia va a contar?

Silvia seguía en la otra habitación y se quedó callada. Él sabía lo que ella estaría pensando: esas fatales copas de más que él le había contado mil veces que habían marcado su vida y, finalmente, la de ella también.

Atilio anunció que estaba cansado y que se iba dormir. Le dio las buenas noches a Silvia, se quitó los anteojos, apagó la luz del velador y se metió en la cama. Apoyó la cabeza con los ojos todavía abiertos sobre la almohada y durante unos segundos volvió a ver las imágenes.

Se vio en ese abril del 77: estaba joven y convencido.

Convencido todavía, a pesar del largo año que llevaba viviendo al límite, en el margen y arriesgando su vida. Y vio lo ocurrido antes del cruce de la frontera con Brasil: el agujero sangrante en el cuerpo de Juan José, la huida en la camioneta de Pepino por la ruta 14, las calles desconocidas de Irigoyen, la furia de Milena, los ruidos de los tiros. Vio sus primeros meses en Europa: esa ratonera de Clichy-sous-Bois y la espera, interminable. Se vio solo con Milena, allí, hablando sin parar de Juan José. Se vio revisando compulsivamente la prensa local en busca de noticas de lo que ocurría en la Argentina. Vio el último abrazo de Milena en la estación de bus de París. Y también la llegada a la estación de Victoria en donde lo esperaba ese desconocido chileno.

Se forzó a dormir. Quería descansar para los días que venían. Se durmió convenciéndose, una vez más que, a esta altura, ya no valía la pena contarle la verdad a Silvia. Ni siquiera la parte de Juan José.

Y mucho menos para un documental sobre cómo unos vejestorios juegan al truco en Londres.



EL LIBRO DE TUS VISITAS

José Luis Gutiérrez

 

No caí en la cuenta hasta que abrí el armario para colgar el traje. Quizás si lo hubiera tirado en el sofá como siempre, no habría caído en la cuenta de nada, pero aquella noche estaba tan cansado de trabajar todo el día que confundí la pereza con la desgana. Cuando llegué al hotel puse la colonia y el cepillo de dientes de mi neceser en el baño, las mudas en dos montoncitos sobre la cama, las zapatillas perpendiculares a la alfombra, el libro de lectura en la mesita. Mi nuevo hogar caducaba en siete horas y no sé por qué hice lo que nunca hago, y como no lo sabía también me fui hasta el armario para colgar el traje. Era enorme, se podía entrar y estar de pie y correr maratones dentro. La moqueta seguía siendo verde, me tumbé como hace unos años cuando dijiste que aquel era el único claro seguro del monte para acampar y pasar la noche. Maravillosa loca, y así fue, dormimos dentro.

Después de pagar la noche, a la mañana siguiente me acerqué hasta el baño del fondo del recibidor. En la esquina, junto a la planta inerte y la lámpara de pie que venden en un pack juntas, estaba el libro de visitas. A ti te encantaba escribir algo con ese boli verde y gordo que invernaba en tu bolso. Había que ser muy cursi o estar amargado para triunfar en esa novela de carretera, por eso siempre lo hacías tú, que no eras ni cursi ni amargada. Pasé un montón de páginas hacia atrás, no recordaba cuándo pudo haber sido. Continúe pasando más páginas hasta que arriba en una esquina, esa letra verde llena de claraboyas y rascacielos decía: “La cama está dura, el armario se derrite. Popeye y Oliva”. Hasta que abrí el libro de visitas no caí en la cuenta de que seguía enamorado de ti.

Creo que la casa andaba más o menos cerca de la ciudad, hora y media a lo sumo, recuerdo que habíamos estado visitando varios pueblos seguidos, de esos que alguien decide que estén en línea recta. El vuelo era por la tarde, así que tenía tiempo suficiente para llegar. Pagué una millonada, aunque el taxista insistió en que me había hecho un precio especial por aquel trayecto en forma de u, uve y uve doble. Tuvo que esperarme afuera unas cuantas veces, fuimos a varias casas hasta que por fin, en una selva de viñedos, encontré en la que nos habíamos quedado. Mientras una familia con cuarenta niños monopolizaba la recepción, ojeé el libro de visitas al que nadie hacía caso, y al rato aparecimos: “Hemos pasado aquí 33.456 días fantásticos, sobre todo los cuatro en los que hubo agua caliente”. Reservé  una sola noche, pedí el desayuno a primera hora y un coche de alquiler en la puerta. Cuando me preguntó mi nombre me moría por decirle Ulises, que Penélope llegaría más tarde.

Ahora ya no podía volver a casa. No podía y no quería. Hice la llamada nada más levantarme. ¿Hola?... sí, soy yo, Alfredo… la reunión se alargó bastante, no, no… todo bien, aceptaron la oferta… sí, tardaron tanto en firmar que perdí el vuelo… no, me quedé a dormir… oye, si no te parece mal estoy pensando en quedarme unos días por aquí, me quedan vacaciones y… claro, aquí siempre hace sol, ya sabes que me encanta este país... vale, vale, muy bien, ya hablamos.

Las dos semanas siguientes se me hicieron diez minutos. Recorrí el país haciendo espirales. La ruta del vino, la de los faros, la de la brisa y el viento. En la catedral más grande del mundo, Karl Marx y su muñeca hinchable se arrodillaron al ver llorar a Cristo crucificado. En el museo de arte clásico, Salvador Dalí y Gala le dibujaron patas de elefante a la Gioconda. Conduje muchos kilómetros tras el olor del mar, buscando la casita a rayas del acantilado. Allí en el libro solo había un beso, pero hecho con hollín de chimenea. Luego subí la cordillera y creo que un par de ocho miles, me costó pero encontré el refugio de la montaña, con tu página llena de arena de playa y una especie de alga disecada.

Y por fin llegué al castillo del risco, en el que querías colgar chorizos de las almenas. Más de 33.456 veces soñamos con que nos tocase la lotería. Beber champán, salir en la tele y empapelar las caballerizas del castillo con billetes morados. Desde el foso casi ya se distinguía a Dulcinea, así como bailando en la torre de la triste figura. El puente levadizo era de metacrilato. No había nadie, el hall de entrada estaba muerto, solo carteles verdes de salidas de emergencia. Fui directo hacia el libro, custodiado por dos enormes velas que parecían pantallas de plasma.

Por una vez me leí con calma los electrocardiogramas que escribe la gente con letra plana, fueron cientos de páginas. Quise medir tu ritmo cardiaco en los suburbios del ángulo recto, pero tampoco había nadie. Ni Cleopatra ni Marco Antonio, ni John Lennon ni Yoko Ono. Solo quedaban viejos solares, cuarteados como los países en África. Muros desnudos sin pintadas ni carteles, sin tu firma con boli verde.

Después de mucho tiempo, perdido allí estaba mi telegrama. “Bonito sitio. Alfredo Molina y Sonia Sánchez”. STOP. Arranqué la hoja con rabia, poco a poco empecé a incinerarla en el candelabro. Mientras sonaba la alarma de incendios me caí y me levanté mil veces, ni con ese taladro desangrándome en la oreja hubiera sido capaz de caer en la cuenta.



COSAS QUE PASAN

Santiago Peluffo

 

 

-¿Qué me pasa? -se preguntó.

Se había levantado con una sensación rara. Le gustaban las almohadas chatitas, pero no por eso iba a sentir esos dolores en el cuello. Había ido al baño a lavarse los dientes y el espejo le había devuelto unos ojos resacosos. Sentado en el inodoro, había sentido las rodillas hinchadas. El café tenía gusto raro: su lengua lo había incorporado a regañadientes.

Extrañado, se había ido al trabajo. Daba un paso, sentía dos. En el metro había tragado bronca por un pasajero que se apoyaba en su espalda. Después de un viaje largo, en la calle había buscado esa ráfaga de aire que lo calmara, pero seguía sintiéndose pesado.

En el trabajo le habían preguntado si estaba resfriado. Tos no tenía, mocos tampoco. Dolor de cabeza había tenido en otras ocasiones, pero lo que sentía ahora era diferente. Como un mareo o un agobio general. Había salido afuera a pensar en voz alta:

-Estás mal -le pareció oír. Giró la cabeza con desconcierto.

-Eso está claro -pensó.

-Es más profundo de lo que pensás: tenés angustia -ahora la voz sonó nítida y cercana.

-¿Qué? -volvió a girar.

-Lo que estás sintiendo soy yo, la angustia.

Si por la mañana se había sentido extrañado, ahora rayaba la locura. Decidió ir directamente a ver un médico.

-Doctor, me siento pesado. Tengo una sensación rara, difícil de explicar -dijo recostándose en la camilla.

-¿Qué es lo que siente? -preguntó el médico, el estetoscopio colgando de su cuello.

-No sé, un malestar general.

-A ver, siéntese aquí que le hago algunos chequeos -el médico se paró a buscar materiales.

Le tomó la presión, revisó sus oídos, conectó desconectó aparatos. Al rato diagnosticó:

-De los análisis no surge ningún síntoma. Usted tiene otra cosa.

-¿Qué tengo?

-Lo que usted tiene es angustia.

-Te lo dije. Estoy acá, pero no querés registrarme -dijo la angustia, sentada en la punta de la camilla.

-Callate -respondió el hombre.

-¿Cómo dice? -se extrañó el médico.

-Nada, doctor, no fue para usted. Explíqueme mejor cómo es eso.

-Bueno, la angustia es una sensación que se produce en ciertas circunstancias…

-Sí, eso ya lo sé, doctor. Pero, ¿cómo se cura?

-¿Qué esperás?, ¿que te dé dos pastillitas y listo? -intervino de nuevo la angustia, que reía y jugaba con la balanza del consultorio.

El hombre cortó las bromas con una seña, no fuera a ser que le diagnosticaran también esquizofrenia.

-Le sugiero que aprenda a convivir con ella hasta que se vaya -el médico se paró y abrió la puerta-. Enseguida regreso.

Ahora solos, el hombre enfrentó a la angustia.

-¿Y dónde pensás dormir? No te podés quedar en mi casa muchos días, no hay lugar -le dijo. Sus manos dibujaban elipsis en el aire.

-Tranquilo. Soy chiquita y me adapto fácil.

-No, pero no podés… -el hombre miraba de reojo la puerta.

-Te va a hacer bien la compañía. Me quedo el tiempo que haga falta.

-¿Por qué viniste?

-¡Ja! Dale, eso lo sabés bien.

-Pero cómo llegaste.

-Simple: me mudé con vos al 2° piso cuando el del 1° volvió con su pareja -contó la angustia mientras hacía un globo con los guantes de látex.

-Dejá eso que va a venir el médico en cualquier momento. ¿Ésa es tu costumbre?

-¿Cuál?

-La promiscuidad; saltar de casa en casa.

-Bueno... Pensá en mí más bien como una amiga que llega cuando el amor se va.

El hombre se quedó pensando. Iba a contestar, pero volvió el médico. Dejó la puerta abierta y dijo:

-Bueno, ya se puede ir.

-¿Y con la angustia qué hago?

-Conviva con ella.

Y cerró la puerta.

 

 

 

El hombre llegó al departamento, la angustia venía a su lado, y no se le ocurrió mejor idea que ofrecerle un té.

-Sentate, ¿querés un té? -el hombre apiló los platos sucios y puso agua en la pava eléctrica.

-¿Whisky no tenés? -la angustia relojeó la cocina y miró hacia el interior de la casa.

-Son las tres de la tarde.

-Sí, perdón, no me había dado cuenta. Quería algo más fuerte.

-¿Le pongo mucha azúcar?

-Qué bueno que aún puedas bromear en este contexto.

-Hay cosas peores -el hombre dijo mientras ahogaba los saquitos de té.

-¿Qué hay peor que quedarse solo?

-Uh, che, ¿pero vos viniste a hacerme compañía o a hundirme la moral? -el hombre le alcanzó la taza a la angustia y se sentó.

-Es que yo te entiendo bien -la angustia dio un sorbo corto.

-No me jodas. Suficiente te divertiste en el consultorio.

-En serio. Me quedé sin casa anoche cuando el de abajo volvió con su mujer.

-Parece que mucho no sufriste. Enseguida caíste de ocupa en la mía…

-Te dije que soy como una suerte de amiga que viene a hacer compañía en estos casos.

-Qué romántica…

La angustia agachó la cabeza y fue al living a sentarse en el sillón. Al hundirse, pensó que no sería tan incómodo para dormir. Miró por la ventana; las gotas se deslizaban lentamente.

-Me gusta la lluvia -dijo en voz alta.

-¿Qué? -el hombre seguía en la cocina.

-Nada, que me gusta la lluvia. ¿Vemos una película?

-Son las tres de la tarde.

-¿Y qué? ¿Vas a volver al trabajo ahora?

-No, pero…

-Está bien, ya entiendo. Querés estar solo.

-Sí.

-Todos dicen lo mismo…

-¿A qué te referís?

-A nada, no te preocupes. Tenés suficiente con lo tuyo -la angustia prendió la televisión y se acomodó en el sillón.

-No me manipules que apenas resuelva lo mío te vas a tener que buscar otra casa... -el hombre entró a su habitación y cerró la puerta.

-Exacto…

La angustia se quedó recostada en el sillón.

Después de la siesta, se levantó pesada. Había dormido hecha una bolita y eso le trajo dolores en el cuello. Fue al baño y se vio vieja y arrugada, la marca del almohadón en el pómulo.

Volvió al living y se sintió mareada; daba un paso en zig, otro en zag. Se preparó otro té: estaba insípido. Probó con más azúcar; le dieron arcadas.

Afuera seguía lloviendo, el cielo color ceniza, las luces de la ciudad encendiéndose temprano: el invierno omnipresente.

La angustia sintió que el sinsabor se le extendía por todo el cuerpo. Necesitaba salir a tomar aire. Agarró el paraguas, bajó las escaleras y se paró en la vereda. Bajó el cielo gris húmedo encendió un cigarrillo, se rascó la cabeza y se preguntó:

-¿Qué me pasa?

 

 

 

 

 

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