LA REALIDAD ES UN JUEGO DE ESPEJOS. ACERCA DE THEBES LAND.

 

Fantástica. Es el primer calificativo que se me ocurre después de asistir a la representación de la obra teatral del uruguayo Sergio Blanco en el Arcola Theatre de Londres. Thebes Land es la versión inglesa de un éxito del teatro contemporáneo alternativo que ya ha triunfado en Alemania, París y numerosos escenarios latinoamericanos, y que se puede ver en Londres hasta el próximo 23 de diciembre. Daniel Goldman adaptó y dirige esta puesta centrada en un joven parricida y un autor teatral que dialogan en una cárcel de alta seguridad, pero cuyo alcance simbólico va mucho más allá y plantea incluso de manera metateatral una reflexión acerca de la relación entre el mundo y su representación: la realidad y cómo la vemos (leemos). La nota incluye el resumen de una entrevista con el autor (en la foto, con el director Daniel Goldman) que puede escucharse completa en la versión radial de “El Ojo de la Cultura” en ZTR Radio (https://soundcloud.com/user-345346767/el-ojo-de-la-cultura-prog-24).

Dos horas y media sobre el escenario, con apenas un breve intervalo de respiro, donde la tensión dramática se corta con cuchillo y no da tregua al espectador (incluso a un espectador como el que escribe, cuyo manejo del idioma inglés es sumamente deficiente). Este también podría ser uno de los resúmenes destacados de una puesta que logra su objetivo con creces, no sólo debido a la inteligente dirección de Goldman, figura destacada en la introducción del teatro latinoamericano contemporáneo en la escena londinense (y al texto mismo, por supuesto), sino al trabajo increíblemente acertado de los dos intérpretes: Trevor White en el papel de T., un autor teatral que se propone escribir una obra sobre el caso de Martín Santos, un joven que ha matado a su padre infrigiéndole 21 heridas con un tenedor; y Alex Austin, que representa no sólo al parricida Martin Santos, sino a Freddy, un actor que tendrá la misión de representar a Santos en la puesta en escena. El desdoblamiento sutil de Austin para lograr la diferenciación entre ambos personajes, logrando al mismo tiempo que paulatinamente ambas figuras se vayan fusionando, es sencillamente magistral, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de un actor veinteañero. No hay que reprochar absolutamente nada a una puesta que se acerca a la perfección y que – al menos a mi juicio – ha entendido perfectamente el texto de que se nutre.

En cuanto al texto, toma como base las conversaciones que T., un exitoso dramaturgo que pretende convertir en obra de teatro el drama del parricida, tiene con él en varias jornadas en la pista de básquet de la prisión. Al mismo tiempo, T. establece una relación reflexiva con el actor que ha elegido en el casting para ser quien – en la versión escénica – haga de Martín (aunque la intención original era que el propio Martin se interprete a sí mismo, lo prohíbe el régimen penitenciario). A través del desarrollo de los encuentros, se van revelando los motivos que llevaron al joven a asesinar cruelmente a su propio padre, desmontando además la idea romántica-normativa de la paternidad y la relación patrifilial.

Pero por encima de la anécdota más o menos trivial del crimen (si es que un asesinato puede en algún modo considerarse trivial) lo que se pone en escena en Thebes Land es el juego de espejos en que consiste la realidad, los hechos que vivimos como objetivos, la representación que se hace de ellos en los diferentes “canales” que median nuestra recepción de los mismos (desde el “sentido común”  hasta el arte, pasando por los medios de comunicación, Internet y Google, la propia educación y las instituciones normativas y punitivas de la sociedad, como esa prisión donde todo está controlado por cámaras como en el perfecto panóptico de Foucault – como el que vivimos, por qué no decirlo, a diario para las cámaras de la CCTV londinense -). La reflexión se establece principalmente a través del contraste entre la realidad que se desentraña en la conversación entre el parricida y el autor, y el juego de correspondencias con la que sostienen sobre la futura obra el autor y su actor (que con brillante intuición, son representados por el mismo actor); pero también en una ida y vuelta constante (por ejemplo, trayendo a colación referencias literarias sobre el parricidio) sobre otras formas de imitación e interpretación. Es genial, por ejemplo, la referencia al acto de la “reconstrucción del crimen”, en el cual el propio criminal debe actuarse a sí mismo como si estuviera sobre un escenario.

Muchos más son los pensamientos a que lleva esta obra, imposibles de resumir en tan corto espacio; pero todos ellos en el marco de un intenso goce emocional que sólo el teatro puede ofrecer. No me queda más que aconsejar fervorosamente que vayan al Arcola antes de que Thebes Land baje del cartel. Las entradas, además (10 libras), son sorprendentemente accesibles a cualquiera.

 

“El parricidio es un acto similar al del que escribe”

Sergio Blanco nació en Uruguay de una familia de origen francés, y lo primero que reconoce es que toda su adolescencia la pasó soñando con vivir la lengua y la cultura francesa, a la que siempre admiró. Dice tener una lucha particular con el español, idioma en el cual sin embargo ha escrito toda su obra. A los dieciocho años ganó un premio teatral con una puesta de Ricardo III de Shakespeare, que le permitió ser becado en la Comedia Nacional, en París, y allí vive desde entonces.

- Empecé dirigiendo – recuerda – pero la infraestructura que la producción teatral implica era para mí un imposible en París. Por otra parte, durante un tiempo prolongado, coincidente con el Mundial del 98 en Francia y el refuerzo de la seguridad en las calles, yo estaba justo con problemas de documentación, y cierta paranoia me obligó a encerrarme durante dos meses. No tenía otra cosa que hacer que leer o escribir, así que fue en esa etapa en que empecé a escribir teatro. Yo tenía una formación muy clásica, los trágicos griegos, el teatro isabelino, Chejov, Ibsen, Strindberg. Eran mi inspiración, pero también me interesaba mucho una parte de la dramaturgia europea de los 90.  Esos son los pilares en los que yo asiento lo que escribo.

Reconoce que muchas cosas lo unen a la tradición latinoamericana, pero no precisamente el teatro. “El español es una lengua que no me gusta – afirma sorprendentemente - , siempre quise exiliarme en otra lengua desde pequeño. Nunca me sentido bien leyendo español, aunque por supuesto uno no puede escribir en español si no ha leído a los grandes pilares, Cervantes, Santa Teresa…  pero también Borges o Rulfo. Pero el teatro en español no es referente para mí”.

Pero si siente el francés como su lengua materna, en la que desarrolla todo el resto de actividad, el español es “ese espacio en el que me encuentro a solas con esa lengua con la que no me llevo bien, y de ese vínculo conflictivo surge la escritura” (“entonces es tu lengua paterna”, dice uno de los personajes de Thebes Land, precisamente).

En Tebas Land (la tierra de Tebas), Blanco pretende revisitar el mito de Edipo a través de las dos grandes obras sofocleanas, Edipo Rey y Edipo en Colona, pero también cómo aparece el tema simbólico del parricidio en otros como Dostoievsky,  Mozart, o el mismo Freud. O sea, indagar en esa necesidad que todos tenemos de “matar al padre” en el terreno simbólico para crecer como personas individuales, de emanciparnos ante esa ley que Freud bautizaría como el Superego. “Esto de alguna manera está también relacionado con la lengua, porque el trabajo de escritura es un trabajo de violentar la lengua, de atacarla, porque cuando uno habla sigue esa ley inconsciente, habla de la manera que previamente nos lo impone la gramática, y la literatura es un acto de violar el lenguaje. Por eso, de alguna manera el parricidio es un acto similar al acto de quien escribe”.

 

 

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