TLÖN, CHIRIBOGA, LATINOAMÉRICA

escribe Enrique D. Zattara

Marcelo Chiriboga, escritor ecuatoriano,  es mencionado por primera vez en 1981, en El jardín de al lado, novela del chileno José Donoso (no de las mejores). Miembro destacado del boom literario latinoamericano de los setenta, se lo  muestra fugazmente en compañía de su agente, Nuria Monclús, cuyo personaje encubre apenas onomásticamente a la mítica Carmen Balcells. Chiriboga era entonces – según Donoso, o en rigor según  Gloria (el narrador de la novela de Donoso), o en rigor mayor aún Julio (el narrador de la novela de Gloria) – el que más brillaba entonces en una generación que compartió con García Márquez, Vargas Llosa o Cabrera Infante. Su única novela hasta entonces, La caja sin secreto, era unánimemente considerada (por la crítica y sus propios pares) como lo mejor de un fenómeno que fue mezcla de talento y de marketing. Según la versión de Donoso, Chiriboga había nacido en Cuenca (Ecuador) en 1933: y en los setenta era tan conocido que no podía transitar tranquilo por la rambla de Barcelona.

En 1987, otro autor entronizado por el boom lo menciona también. En Cristóbal Nonato, Carlos Fuentes escribe una un tanto soporífera novela con tintes apocalípticos, en la que aparecen como personajes toda una larga caterva de autores contemporáneos: Chiriboga está entre ellos. Años después, en 1994, en Diana o la cazadora solitaria, el mexicano hace aparecer a Chiriboga desperdiciado en un cargo secundario del Ministerio de Relaciones Exteriores de su país, e  intenta promoverlo para recuperar su otrora resplandeciente carrera artística. (“Yo había ido [a Barcelona] a visitar a mi amiga y agente literaria, Carmen Balcells, con un propósito caritativo. Quería pedirle que apoyara al novelista ecuatoriano Marcelo Chiriboga, injustamente olvidado salvo por José Donoso y por mí. Ocupaba un puesto menor en el Ministerio de Relaciones en Quito, donde la altura lo sofocaba y el empleo le impedía escribir. ¿Qué podíamos hacer por él?”.)

Donoso, obsesivo y poco disimuladamente envidioso con el autor ecuatoriano, lo vuelve a hacer personaje en Donde van a morir los elefantes (1995), donde se cruza  en la vida de Gustavo Zuleta, crítico chileno especialista en su obra, en ocasión de una conferencia sobre García Márquez para la que viaja a una ciudad del medio oeste de los Estados Unidos donde Zuleta es profesor invitado en la universidad. En aquella ocasión, el propio Chiriboga habría emitido un juicio premonitorio: “Por desgracia, ya nadie lee a Julio Cortázar. Y muy pocos a Marcelo Chiriboga, al que dentro de cinco años absolutamente nadie leerá”.

Un año después, Marcelo Chiriboga tiene a bien escribir la contraportada de un libro del propio Donoso, Nueve novelas breves. “Para José Donoso el rostro es la máscara que oculta el vacío… que es también una máscara. Los espejismos de la identidad, del origen, de la tribu que -mentirosamente- nos concede un lugar visible en el mundo, aparecen como fogonazos aquí y allá, como la respiración misma del novelista, o el parpadeo de sus ojos lúcidos y lúdicos, en estos nueve relatos”. ¿Guiño para perspicaces?

 

Chiriboga resurrecto

Dice el ya legendario (si no rocambolesco)  anecdotario chiriboguiano, que en 1997 el escritor Jorge Enrique Adoum preguntó a Fuentes por la existencia de Chiriboga, de quien era imposible conseguir obras en el mercado librero, y él le confesó que era un invento que él y Donoso habían pergeñado para que el boom tuviese algún escritor ecuatoriano, único país latinoamericano que  no había inscripto ninguno de los suyos en este “fenómeno” literario tan difundido. Lo ratificó algunos años después en unas declaraciones. Hubo ecuatorianos que agradecieron la broma, otros se la tomaron muy a mal.

Pero si alguien había creído que allí se terminaba el asunto, en el año 2012, el ecuatoriano Diego Cornejo Menacho, en una excelente novela desconocida casi por el mercado, escribe el penúltimo capítulo de la historia de este autor ya mitológico. Se trata nada menos que de la reconstrucción de Las segundas criaturas, la novela póstuma de Chiriboga, cuyo narrador resulta ser la propia Nuria Monclús, “alter ego” de Balcells.  En esta novela (presuntamente) autobiográfica, se revela la existencia de varias obras más: Huesos de vidrio, El color del agua regia, El intolerante,  Las fronteras interiores, y El vuelo de los gallinazos.  Además, se aclara que el escritor no había nacido en Cuenca, sino en Riobamba. Chiriboga moriría antes de la publicación de Las segundas criaturas, en París en el año 1996 acompañado de su mujer, una bellísima  actriz argentina de segunda línea llamada artísticamente Adéle de Lusignan.

Incluso antes de eso, la transformación del mito Chiriboga en creciente realidad va confirmándose y creciendo día tras día. En el año 2006, la revista especializada Quorum (nº 14, Universidad de Alcalá de Henares) publicaba un artículo de Carlos Arcos Cabrera (reeditado en 2016), titulado La caja sin secreto : dilemas y perspectivas de la literatura ecuatoriana contemporánea. En abril de 2010, un blog titulado “Las quimeras de Monner” mencionaba  el conocimiento de una nueva obra del autor ecuatoriano: La caja secreta, de la cual el bloguero cita algunas frases e incluye una nota de la agente de Chiriboga de toda la vida, Nuria Monclús, donde se afirma que el libro ha sido publicado por la viuda del autor sin su permiso, poniendo incluso en duda su autenticidad.  Esta entrada amplía enormemente, dicho sea de paso, la vida de nuestro autor, la que ubica entre 1924 y 2003. Posteriores artículos aparecidos en diferentes medios literarios, mencionan también la existencia de esta obra.  Entre ellos, merece destacar el del quiteño Miguel Molina Díaz, muy crítico con la literatura ecuatoriana contemporánea.

En un artículo del año 2013 publicado en  el suplemento cultural de El Mundo de Madrid, J. J. Armas Marcelo se refiere (elogiosamente) a la novela de Cornejo Camacho, admitiendo que en alguna oportunidad, en Chile llegaron a presentarle a Chiriboga en persona (o al menos eso pretendían hacerle creer). “¿Entienden ustedes lo que yo les estoy explicando, la fusión entre la realidad y la ficción, la ficción entre la fusión de una ficción y otra, el trasvase entre una novela y otra, que representa la resurrección de Marcelo Chiriboga?”, apunta agudamente el crítico. Y vaticina que Las segundas criaturas no será el final de su resurrección literaria.

No se equivocó: en el reciente mes de abril de 2016, el Chicago Latino Film Festival estrenó un filme documental de Javier Izquierdo que contiene una prolija investigación acerca de la vida de Marcelo Chiriboga: Un secreto en la caja.  Como en casos anteriores, apenas algunos de los episodios de la vida del autor que la película aporta coinciden con versiones anteriores. Habría nacido, por de pronto, en una hacienda cercana al Chimborazo, en la que todavía reside su hermana y a la cual habría regresado al final de su vida para morir; hijo menor en una familia de terratenientes menores, su hermano murió en 1941 en la guerra contra el Perú. Trabajó de muy joven en El comercio de Quito, donde protagonizó un episodio similar al de la famosa emisión radiofónica de La guerra de los mundos por Orson Welles en los Estados Unidos; y en 1962 se unió fugazmente a la guerrilla del Toachi. Se exilió a la Alemania del este luego de publicar Diario de un infiltrado, y allí escribió La línea imaginaria, según el documental su principal novela, que fue publicada por el editor catalán Alberto Castellet, cuya hija heredó los derechos de sus posteriores obras, no aclarándose en ningún momento cuál fue el papel en su descubrimiento editorial de la agente literaria travestida novelísticamente en Nuria Monclús en los libros de Donoso y Cornejo Menacho.  En Berlin se casó con la actriz Remi Loewenthal y tuvo una hija, a las que dejó de ver para siempre cuando tras atacar duramente a la censura del régimen comunista en un programa de la televisión española (que aparece en el documental), le fue prohibido regresar a Alemania oriental. En su casa de Berlín, en ocasión precisamente de su boda, se produjo el conocido enfrentamiento a trompada limpia entre García Márquez y Vargas Llosa, según algunos por el “caso Padilla” y según otros por cuestiones de faldas. De España se marchó finalmente a París, donde escribió su obra más célebre, La caja sin secreto (tras la cual en 1978 le otorgaron el Premio Cervantes, que rechazó) volviendo luego a Ecuador en tiempos del presidente Jaime Roldós, para recluirse en su finca paterna hasta su muerte, que en esta versión ocurre en 1990. De las numerosas novelas citadas por Cornejo Menacho (en la supuesta novela póstuma del propio Chiriboga), no hay ni mención. La única coincidencia respecto a su obra, que aparece en todas las versiones, es La caja sin secreto.

Demasiadas diferencias – en este documental que previsiblemente llegará a Europa hacia mediados de año - para ser sostenibles. Pero es que en este excelente filme, no sólo es la propia figura de Marcelo Chiriboga la que se pierde en la memoria y la oscuridad de la historia, sino el propio Ecuador, que termina fagocitado por el Perú tras varios episodios bélicos y fracasos diplomáticos. Desaparece Chiriboga, desaparece la literatura ecuatoriana y desaparece, por qué no, la propia nación que le diera identidad. Visto lo visto, quizás valga la pena escuchar como otra premonición el consejo que al autor deja a los jóvenes escritores en su célebre entrevista televisiva española: “Los jóvenes deben escribir como si no tuvieran un país”.

 

La construcción del héroe

En el año 1988, Martín Caparrós y Jorge Dorio presentaron en el programa televisivo El monitor argentino, la biografía de un poeta olvidado de mitad de siglo, llamado José Máximo Balbastro. Tras el convincente documental de una hora, las librerías de la porteña calle Corrientes se colapsaron en busca de su único libro, mencionado en el programa: El can canoro y otras perradas argentinas. En la siguiente edición (el programa iba los domingos) desmontaron el falso documental mostrando su factura: el objetivo sin embargo ya estaba logrado: la credibilidad frente a los medios de comunicación había hecho creer incluso a muchos integrantes del “campo intelectual” la existencia de un imaginario autor, cuya foto exhibida incluso en el programa, ¡era de Luis Buñuel!

En la televisión argentina, sin embargo, ya había un antecedente poco conocido: en 1982, el entonces joven director de cine Carlos Sorín había presentado en la televisión oficial un documental en blanco y negro, de 40 minutos, acerca del misterioso descubrimiento de un antídoto contra el envejecimiento (antes de que se hiciera famosa la doctora Aslan),  producido en base al canuto de las plumas del ñandú, un avestruz autóctono de la Patagonia. El documental  - perfectamente verosímil en su primera parte -  va creciendo en excentricidad, hasta que se convierte en un paroxismo delirante que denuncia su propia falsedad. Sorin había dejado una señal para conocedores en la dedicatoria inicial: a Zelig (la fantástica parodia de Woody Allen) y a Jorge Luis Borges.

Borges es, precisamente, el maestro mundial del apócrifo literario. No el primero que lo utiliza en la historia, desde luego (me atrevería a decir que la historia de la literatura es la historia de lo apócrifo); pero sí probablemente el que lo hace con una intencionalidad más clara. Stanislaw Lem, el gran autor ruso autor de Solaris, ha escrito luego un libro completo (Vacío perfecto) que reconoce de entrada la huella borgiana. Ni en la literatura, ni siquiera en el cine, puede decirse que este recurso no haya sido explotado suficientemente.

Por tanto, si el juego de Donoso y Fuentes fue un alarde de ingenio paródico, no puede decirse lo mismo de lo que vino bastante a posteriori. Ni la novela de Cornejo ni, mucho menos, el documental de Izquierdo, pueden tacharse de originales descubrimientos estéticos.  Pero cada uno a su manera, han logrado que el juego quizás un tanto inocente de los pioneros haya ido adquiriendo cada vez mayor consistencia. Artículos periodísticos o ensayísticos, citas apócrifas o referencias diversas mediante,  Marcelo Chiriboga y su obra se van colando subrepticiamente  en los intersticios de otras ficciones, o tal vez de la realidad misma. Rodrigo Fresán lo menciona en una de sus novelas; y otro escritor argentino, un tal Enrique D.  Zattara, coloca La caja sin secreto sobre una mesa del Bar La Paz de Buenos Aires en su novela Como dos cuervos en la rama. Investigando las redes sociales, descubro que en la ciudad de México se ha conformado recientemente la Fundación Marcelo Chiriboga, “destinada a difundir y rescatar la vida y obra del escritor ecuatoriano”, según su página de Facebook que cualquiera puede consultar en Internet. Entre otros documentos, la página muestra las portadas de varias ediciones en lengua extranjera (ruso, polaco, japonés o portugués entre otras) de La línea imaginaria.

Y seguramente esto recién comienza. No deberíamos extrañarnos que, más pronto que tarde, la vida y la obra de Marcelo Chiriboga pasen a incorporarse a esa referencia obligada de nuestro mundo digital  que es la Wikipedia. De allí a la los diccionarios enciclopédicos, a las bibliografías de las cátedras universitarias, y a los propios libros de texto, quizás medie un paso más corto que el que se pueda pensar.  Como en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, la profética ficción de Jorge Luis Borges,  un producto de la invención hecho lenguaje irá colándose en los intersticios de lo que llamamos realidad hasta invadirla y adquirir derecho propio a la existencia.  Parece una proeza desmesurada, pero quizás su verdadera conclusión sea la de hacernos saltar a la vista cuánto más a menudo de lo que pensamos, el simulacro va adoptando en nuestras vidas el espacio de la realidad.

Y ahora es cuando empieza la verdadera reflexión.

 

La historia interminable

Esta borgiana infiltración de Chiriboga en la historia de la literatura latinoamericana, además de ser en sí misma una boutade memorable, abre – lo hayan pensado de ese modo o no sus diversos demiurgos – varias líneas de reflexión.

Una de ellas – la favorita en la mayoría de los artículos y trabajos que hemos podido ver publicados sobre el tema (casi todos ellos de autores ecuatorianos) – se refiere obviamente a la literatura de ese país, a su ausencia notoria en la generación del boom (o al menos en su recepción pública masiva), y a las múltiples posibles razones de ese hecho. No soy un conocedor ni siquiera insuficiente de la literatura ecuatoriana como para poder terciar en esta polémica, más allá de la obviedad de que desde el Huasipungo de Jorge Icaza, que comparte el indigenismo de los tiempos de Ciro Alegría, es cierto que ningún otro nombre ha traspuesto las fronteras del país andino.

La segunda reflexión es más universal, y  es sin duda la más obvia; se trata de demostrar el decisivo peso en la formación del conocimiento que han adquirido en estos tiempos los medios de comunicación. El documental fílmico aparecido a principios de este año es su principal referente. Como en el caso comentado de Sorín o de Dorio y Caparrós, la línea seguida es denunciar la “credulidad” del público acerca del “contrato” dado por supuesto entre emisor y receptor acerca de las narraciones. Historia o novela, biografía o crónica periodística, todos los usos referenciales de la escritura conforman un tipo de discurso que podemos calificar como narración. Siempre se cuenta algo. Pero al mismo tiempo, siempre se ha dado por válida la existencia de una suerte de “contrato” entre quien genera esa narración y el público, respecto a la relación con la verdad que encierran. Para simplificar, diremos que si llega a nuestras manos un relato (novela, cuento, película o el soporte que sea) clasificado en el género de la “ficción”,  partiremos de aceptar inmediatamente que aunque debe mediar un criterio de “verosimilitud” no someteremos a esa narración a un criterio de “verdad”. La ficción, por convención, es una narración inventada para nuestro deleite estético o para lo que cada uno entienda por tal. Si por el contrario, la narración que llega a nuestras manos está calificada en la categoría que ahora suele llamarse “no-ficción” (o sea, un libro de historia, una biografía, una crónica periodística, un documental fílmico, etc), en este caso sí debemos someterlo al criterio de verdad. Si en el cotejo con la realidad descubrimos que esa narración no es verdadera, el autor habrá cometido una falsedad inaceptable (con intención de mentirnos o sencillamente porque no tiene un conocimiento acertado de los hechos). Sobre la base del cumplimiento de ese “contrato” está construida nuestra confianza.

Lo que los “falsos documentales” como el de Javier Izquierdo (o los mencionados de Sorín y Dorio-Caparrós) denuncian, es precisamente cómo la confianza en esa convención establecida es capaz de anular incluso elementales mecanismos de atención crítica e incluso conocimiento previo, en nuestra recepción de los contenidos de la narración, hasta hacernos creer esa ficción que cuentan. Todos estos falsos documentales contienen su propia denuncia: finalmente, de una manera u otra, ponen en escena el engaño, justamente para no engañarnos. Una vez revelada la falsedad, recién somos capaces de redescubrir que el camino hasta allí estaba plagado de señales de esa falsedad que no supimos advertir. No es un mero juego: es una manera de hacernos reflexionar acerca de un aspecto central de la realidad informativa de nuestro tiempo. En efecto, los medios informativos masivos en su mayor parte dirigidos a la defensa de unos intereses y un estilo de vida dominantes, no hacen otra cosa en la actualidad que crear una realidad ficticia manipulando a su gusto los datos de la realidad efectiva y ofreciéndonos esa ficción bajo la apariencia de la “objetividad periodística”, valiéndose  para ello de nuestra confianza en esa clasificación que divide los discursos en ficcionales y reales. Baudrillard explicaba en los ochenta hasta qué punto la guerra de Irak de Bush padre había sido un invento televisivo de la Fox (bajo la guía del Pentágono), una teoría del “simulacro” tal vez excesiva. Pero lo que es innegable – y empíricamente comprobable a diario – es hasta qué punto la llamada “opinión pública” confía ciegamente en la realidad que les narran los telediarios (o en mentes más “cultivadas” la prensa escrita) anulando cada vez más toda actitud crítica.

Pero además de impulsar estas reflexiones, la cada día recreada historia de Marcelo Chiriboga, permite a mi juicio otra línea de desarrollo, algo que creo ha intentado sugerir la novela de Cornejo Menacho: cómo el mundillo de la creación artística (al menos de la literatura latinoamericana en este caso) vive también en una permanente ficción de sí misma. Somos capaces de creer en la existencia de un autor al que jamás antes habíamos sentido nombrar, porque partimos también del secreto e impronunciable hecho de que – más allá del marketing de los imperios editoriales, o a lo sumo de la pertenencia circunstancial a determinadas camarillas académicas – no tenemos la menor idea de lo que ocurre fuera de las fronteras de nuestro propio campo intelectual. Cuando Borges, en su Tlön… acude al testimonio (ficticio) de Mastronardi, Bianco o Martínez Estrada, juega con dos efectos contrapuestos: para el lector perteneciente a la tradición argentina, estas presencias se convertirán en efectos de verosimilitud; quienes están alejados de esa tradición, en cambio, no tendrán probablemente la menor noción de quiénes son esos escritores que se mencionan y deberán confiar en el autor del texto. Otro tanto ocurre con las múltiples menciones de autores contemporáneos de Chiriboga (particularmente en el libro de Cornejo): quizás – aventuramos quienes no conocemos el campo intelectual ecuatoriano – existieran o no, en todo caso lo más probable es que nuestra única fuente disponible sea la Wikipedia. Y así se cierra el círculo. De algún modo, las desventuras del malogrado Chiriboga entre sus detractores, admiradores, críticos o apólogos ecuatorianos (no es casual que el único experto en él de otro origen sea el chileno Zuleta, en la novela de otro chileno), señalan el ombliguismo y el encapsulamiento de las contemporáneas “literaturas nacionales” hispanoamericanas. Hagan la prueba: dígame un argentino que vive en Buenos Aires cuántos autores que se disputan a codazos la centralidad del campo literario o poético local, son al menos conocidos en España, no digamos ya en Colombia. Y viceversa, cuántos de los poetas que reclaman para sí los cetros del verso español existen siquiera para el lector porteño. (Para no hablar ya fuera de nuestros límites lingüísticos; entre los miles de libros de la biblioteca pública de mi actual barrio, en el sur de Londres, hay apenas un autor latinoamericano de la segunda mitad del siglo pasado: García Márquez). ¿Quién sería entonces, en definitiva, capaz de negar la existencia de un Marcelo Chiriboga del cual no tiene ni idea, pero que es mencionado por otros más confiables porque son más famosos?

Lo dicho; afirmo mi convicción de que más pronto que tarde, Marcelo Chiriboga habrá existido, sus obras serán recuperadas (o reescritas) y su nombre estudiado en los libros ecuatorianos de la escuela secundaria. Y figurará – claro – en la Wikipedia.

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