"PASOS PESADOS", LA PRIMERA NOVELA DE GUNTER SILVA

 

Hasta ahora, Gunter Silva, escritor peruano nacido en  70 y residente en la capital británica donde obtuvo una maestría en Literatura y Creatividad Literaria, había publicado nada más que un libro de relatos (“Crónicas de Londres”)  que retrataba en ademán naturalista, las experiencias relacionadas con las diferentes caras de la vida migrante. Ahora, en esta su primera novela, opta por volver la vista atrás y ubica la acción en los años anteriores; y aunque es previsible que sus personajes centrales  –si fuera posible prolongar su vida de ficción después del punto final – terminarán compartiendo el destino de los del primer libro (y quizás esté esta proyección imaginaria en la gestación de la propia novela), el autor parece intentar de este modo encontrar explicación, alguna explicación aunque sea tentativa, a esa diáspora.

Pasos pesados” es una novela de iniciación. Como corresponde a su género, relata el incipiente camino de un joven apenas salido de la adolescencia  a través de sus búsquedas existenciales y la definición de sus metas, retratando el proceso de transformación que se acumula en esa etapa transitiva que generalmente se acelera vertiginosamente a la edad en que dejamos la casa de nuestros padres. Dueño de una técnica narrativa impecable, extrañamente el autor nos omite sin embargo aquí ese punto de partida: sólo sabemos, muy incidentalmente, que el padre de Tiago ha sido asesinado, no sabemos cuándo ni en qué circunstancia. Extraña elusión de los orígenes: como si el narrador quisiera borrar las huellas que nos permitirían –quizás  cómodamente- prever la trayectoria de su personaje.

De sus personajes, habría que decir. Porque hay en los personajes de “Pasos pesados” – con la posible única excepción de Ana – una cierta falta de lógica, al menos de la lógica dentro de la que creemos -otra vez por comodidad-  que funciona el orden social. Personajes –casi todos ellos, insisto- sin origen, al menos sin una más o menos  definida historia anterior que explique sus acciones. Jóvenes marginales que terminan dedicados a la literatura (o a la crítica literaria, que es peor aún), cholas provincianas que terminan casadas con un rico extranjero, estrellas locales del rock que no se sabe de dónde salen, agentes de los “servicios” que nunca parecen tener muy claro para quién juegan, todo puede ocurrir en ese Perú que es el escenario de la historia. Los personajes, cada cual a su modo, transitan la novela carentes de pasión, dejándose llevar por la corriente de sus propias vidas, sólo interrumpidos por fugaces arrebatos, raptos de conmoción que parecen ser absorbidos sin cicatrices; todos ellos moviéndose sin rumbo fijo y llevados de un lado a otro por el imperio de las circunstancias.

Personajes todos – los personajes jóvenes, que son de los que el narrador se ocupa centralmente – a quienes el país les toca tangencialmente, como de casualidad. El seguimiento político a que se ve sometido Tiago, la cárcel de Chasqui, la muerte a tiros del profesor al que llaman el Gato, el secuestro de un autobús por guerrilleros de Sendero Luminoso, la salida del país de Ana a causa de la relación de su padre con la corrupción política y empresarial, parecen sorprenderlos a todos en otra cosa,  inmiscuirse en medio de sus vidas de contrabando, sin que ellos lo esperen ni tengan respuesta para dar.  ¿Quién mató y por qué al padre de Tiago? Nunca lo sabremos.

Es como si más allá de la historia –historia de bohemia, de búsquedas desconcertadas, de despertares e incluso historia de amor -  el verdadero tema del libro fuera la tragedia de una generación – o al menos parte de ella – obligada a vivir un mundo de desenfrenada violencia, de corrupción, de sospecha y de riesgo permanente, sin enterarse por qué ni cómo han sido condenados a moverse en ese escenario. Como no parecen saber por qué ni cómo – al menos eso es lo que nos sugiere el autor -  han llegado hasta el disparador de la parte de sus historias personales que el autor nos cuenta. El verdadero tema de la novela, decía entonces, parece ser la angustia de una generación que vive una realidad alienada, ignorante voluntaria o involuntariamente de sus propias condiciones de existencia. E imposibilitada, como corolario, de establecer para su propia vida más que metas de corto alcance, errancias, itinerarios aleatorios.

Itinerarios, como metáfora: Lima – la gran urbe, el eje neurálgico del país - en el centro de la acción; pero con desplazamientos constantes hacia una suerte de territorio de la evasión (exotismo, bohemia, drogas, música  y  turismo en forma de aquelarre) que representa un Cuzco fantasmal;  y destino final en Londres. Extraños itinerarios, metáfora de una generación expulsada por la necesidad de trascender la cerrazón limitada de sus propios horizontes. Cerrazón que se intenta romper con la literatura, con la música, con el sexo, pero también con la adrenalina del peligro. Y que no termina más que en círculos que se cierran sobre sí mismos.

¿Hay una forma de escapar de ese círculo? La novela parece encontrar un resquicio:  la huída, la migración escenificada en este caso en Londres. Pero aún así, ni siquiera ese escape de la agobiante realidad latinoamericana es un salto adelante: en el caso de Waykicha, es el producto de un casamiento conveniente; en el de Ana (y presumiblemente el propio Tiago) es el mero resultado de un cúmulo de circunstancias en cuya gestación han sido casi espectadores.

Con “Pasos perdidos”, Silva intenta explicar quizás por qué están en Londres los latinoamericanos de su primer libro. Puede que sea un completo proyecto narrativo – no sé si intencional o no en la mente del autor, pero sin duda expectable – que más adelante  sepamos dónde ha dejado  a aquellos adolescentes  el paso del tiempo. Será cuestión de esperar el próximo libro.

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