IRMA PELLEGRINI: “TODOS TENEMOS UN TALENTO PROPIO”

 

Actualmente, la producción artística de Irma Pellegrini se fundamenta en series de pequeñas esculturas de madera pintada, representando personajes que vuelan por los aires suspendidos del antojadizo vaivén de una hoja de otoño. Las hojas son reales, recogidas en los parques y calles de Londres, y con esas figuras Irma construye a veces instalaciones, o las vende individualmente en  su stand de Brick Lane.

Irma Pellegrini llegó de su país, la Argentina, en el año 2000, después de haber pasado por una compleja crisis matrimonial y la muerte de uno de sus hijos. Estuvo poco tiempo y regresó, pero en el 2004 decidió quedarse definitivamente en Londres.  En su lugar de creación y trabajo, un estudio ubicado en las maravillosas orillas del Támesis, más arriba de las barreras que controlan el caudal del río, nos cuenta cómo fue ese proceso de adaptación a una nueva cultura y a una nueva lengua, y cómo fue integrando esa realidad existencial en el desarrollo de su propia obra plástica.

 

 

“Mi trayectoria en la escultura y la pintura comienza en Neuquén, donde tenía un taller con más de 150 alumnos – rememora – y trabajaba esencialmente la madera. Entonces lo que hacía era muy diferente a lo actual, incluso tenía obras de gran formato reinterpretando la obra de otros artistas; pero también hacía y enseñaba a hacer arte sobre elementos cotidianos, como cajas, costureros, etc.  Digo arte y no artesanía, porque la diferencia está en que el artesano aunque no participa de la forma industrial de producción, repite un modelo; en cambio el artista crea obras únicas, aunque sea a través de un objeto de uso cotidiano”.

Llegó a Londres después una larga crisis personal, con el apoyo de sus dos hijos mayores, que ya estaban aquí. Trabajó duramente, como todos los que venimos de otros países, pero siempre preocupándose de ir buscando que su vida apuntarse en la dirección de su creación artística. Rápidamente el Council Art apreció su trabajo y le ofreció espacios expositivos en Green Park y Notting Hill. El idioma, como es habitual, fue al principio una barrera difícil. Finalmente recaló en Camden Town, pero la venta era escasa y se sentía acosada por las estrecheces económicas. “Un día, un poco desesperada ya, me quedé en la casa donde vivía, en Brixton, y me puse a tomar mate y a pensar junto al árbol que estaba frente a la casa. Me acuerdo que debía ochenta libras y me preguntaba cómo hacer para salir de la situación, cuando fue el propio árbol el que me dio la respuesta: dejó caer lentamente una hoja seca y mientras caía yo vi cómo  había gente que bajaba colgando de su tallo, flotando en el aire. Recogí ocho hojas del árbol e inmediatamente hice mis primeras ocho figuras de las que hago actualmente, me las llevé y las puse entre mis cuadros de Camden Town. Ese día empecé a vender, y desde entonces no he parado”.

Sus hojas la llevaron incluso a Taiwan, donde el gobierno la invitó y le compró una instalación compuesta de más de ciento cincuenta creaciones, o a Massachusets donde los alumnos de una escuela crearon literatura sobre los personajes de sus hojitas. “Lo que más me ha ayudado en la vida – concluye –es haber comprendido que en lugar de especular con las cosas, lo que uno debe hacer en los momentos difíciles es confiar en uno mismo, en tu talento propio. Porque todos tenemos un talento propio, sólo que tenemos saber encontrarlo y saber cómo sacarlo fuera”.

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