JOAQUÍN LOBATO, POESÍA DE UNA ANDALUCÍA ATÓPICA

 

Nacido en 1944 y fallecido tempranamente en 2004, Joaquín Lobato es uno de esos poetas singulares cuya suerte en el modesto “parnaso” de las letras de un país es injusta con sus propios merecimientos. Vivió casi toda su vida en su pueblo natal, Vélez-Málaga, ciudad de la provincia de Málaga, con poco contacto efectivo con los ámbitos universitarios y su periferia, en donde se cuecen premios y prestigios; no gustó de los oropeles mediáticos ni de la  circulación por las alfombras rojas  imaginarias de los cenáculos y capillas literarias malagueñas; una tropelía de enfermedades lo fueron acorralando hasta su muerte antes de la edad en que la gente se jubila. Sin embargo, su obra poética (además, practicó con gran resultado la pintura) o al menos lo central de ella, asume registros inéditos en el resto de la retórica literaria de su espacio y tiempo. (Motivo también, puede conjeturarse, de su poca repercusión en los ámbitos consagratorios). Enrique D. Zattara analiza esta producción en un extenso estudio que publicamos en la sección Firmas Invitadas de nuestra página El Ojo de la Cultura Hispanoamericana (www.elojodelacultura.com).

 

Joaquín Lobato: reconstruir la gramática del sentimiento, para recrear poéticamente una Andalucía atópica

 

Enrique D. Zattara

 

En una extensa entrevista que le hicimos Antonio Serralvo y yo poco antes de su muerte (“La poesía te da sin esperar nada a cambio”; Revista Ballix número 1, mayo de 2005), Joaquín Lobato se identificaba a sí mismo como “de la generación del miedo”, y recordaba que una de las personas que le prestaba libros era el lucentino Miguel Berjillos. “Él tenía una zapatería y yo siempre iba a verlo. Así conocí algunos autores que se leían en secreto, como Miguel Hernández, que era tan grande y sin embargo nadie lo conocía. Yo buscaba su nombre en la historia de la literatura, en los libros de la escuela de mi hermana, pero no figuraba en ninguno”. Cuenta allí Lobato que sus primeros poemas los escribió a principios de los sesenta, y destaca la importancia que tuvo la apertura del Instituto “Reyes Católicos”, donde él era el único que hacía el preuniversitario de Letras; revela la también profunda influencia en su actividad artística que tuvo en esa época el cine, una característica también muy marcada en las nuevas tendencias literarias españolas. En el reportaje, habla Lobato del cambio fundamental que fue su llegada a la Universidad de Granada, en donde estudió Filología Hispánica. Respecto al clima intelectual veleño de la época, recuerda con cariño pero al mismo tiempo con cierto distanciamiento a quienes entonces ejercían el predominio del campo intelectual local: “Gente que siempre se relacionaba con el Ayuntamiento, con la Semana Santa o los libros de Feria”. “La verdad es que esa generación – confiesa – nunca intentó acercarse realmente a lo que es una literatura más universal. Tenían un concepto muy localista, muy provinciano de la cultura. Ellos habían creado un cierto movimiento cultural que giraba alrededor de sus criterios y de sus figuras, y miraban con desconfianza todo lo que no entraba dentro de su idea. Renunciaron a aportar algo a la historia de la literatura y se conformaron con ser los poetas oficiales del pueblo”. A pesar de ello, hay que decirlo, intelectuales como Segovia Lobillo o Martín Galán nunca dejaron de apoyar las iniciativas culturales renovadoras e incluso en alguna oportunidad salieron en su encendida defensa ante el gesto despreciativo de sus críticos (así por ejemplo, la respuesta dada en el diario Sur del 8 de febrero de 1972 a una nota ofensivamente llamada “Una catetada importante” donde se ironizaba y ridiculizaba un homenaje realizado en Vélez a Vicente Aleixandre en el marco de las Reuniones de Poesía).

Precisamente a iniciativa de Lobato –quien había traído la idea de sus veladas y tertulias poéticas compartidas en Granada- y a partir del compromiso con esa idea por parte de algunos entusiastas de la Cofradía de los Estudiantes, se desarrollaron a fines de los sesenta las Reuniones de Poesía, en las que en cada caso se homenajeaba a un autor, invitando a exponer y participar no solo a los integrantes del mundo cultural local, sino a catedráticos, poetas y críticos de otras geografías, incluido Madrid. La primera se llevó a cabo en el Mesón del Conde, tomando a Federico García Lorca como motivo. Siguieron Miguel Hernández, San Juan de la Cruz, Juan Ramón Jiménez, Blas de Otero, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti. Al mismo tiempo, se alentó la creación a través de la instauración de los Certámenes Poéticos JUFRA (por la Juventud Franciscana, que aparecía como organizadora). Esa suerte de “edad de oro” que representó un momento de flexión, el primer intento serio de integrar Vélez-Málaga y la comarca de la Axarquía en el contexto de la literatura malagueña y española, tuvo su cenit probablemente con la visita a Vélez-Málaga en 1982, del ya entonces mítico Rafael Alberti, que ofreció un recital en el antiguo Teatro Lope de Vega.

 

 

El 18 de julio de 1944, nace en Vélez-Málaga Joaquín Lobato Pérez, que habría de convertirse en el mayor poeta que ha dado hasta hoy la capital de la comarca. Perteneció a la “generación del miedo”, como él mismo lo afirma en la entrevista de 2005, y que se publicó meses después de su muerte en el número 1 de la revista Ballix. “De la guerra no se hablaba en público –dice, refiriéndose a su infancia- , pero sin embargo los vecinos venían muchas veces y hablaban de la guerra a escondidas. Hablaban en voz muy baja, al calor del brasero…”.  La guerra, según el mismo poeta, se convirtió en un sentimiento de terror angustioso que lo perseguiría toda la vida. Su imaginación “había creado una España que era la de un montón de personas que habían estado presos y hasta muriendo en las cárceles”.  Gente como Miguel Hernández, que Lobato comenzó a leer en los libros que le prestaba Miguel Berjillos en su zapatería, y de quien después “buscaba su nombre en la historia de la literatura, en los libros de la escuela de mi hermana, pero no figuraba en ninguno”. Hernández, quien junto a San Juan de la Cruz y Juan Ramón Jiménez (de quien abjuraría en sus últimos años), fueron los autores a los que adjudica su principal impulso en el mundo de las letras. Aunque hubo otros muchos, claro.

Estudió el bachillerato en el primer Instituto de Vélez-Málaga, el “Reyes Católicos”; en una época en que “todo el mundo quería ser tecnócrata” él fue el único que hacía el preuniversitario de Letras. Corrían los primeros sesenta cuando empezó a escribir: “novelitas de aventuras y policíacas”, que era lo que le gustaba ver todos los fines de semana en el Principal Cinema de su pueblo. Pero el primer gran amor de Joaquín Lobato fue la pintura. Lo que desencadenó su poesía fue su traslado a Granada, para estudiar la carrera de Filología Románica. En esa ciudad, de la que siempre guardó imborrables recuerdos, comenzó a rodearse de un nutrido y diverso grupo de estudiantes con quienes se incorporó a los círculos literarios y compartió tertulias y lecturas poéticas. Participó en la fundación de la revista Tragaluz, junto a otros como Álvaro Salvador o Manuel Alvar Ezquerra, y por fin en 1967 publicó su primer libro de poemas, Metrología del sentimiento. A caballo entre Granada y Vélez, lanzó la propuesta de las “Reuniones de Poesía”, que inmediatamente contó con la colaboración de la Cofradía de los Estudiantes, donde participaba su ex condiscípulo y luego político Marcelino Méndez-Trelles. Su mentor intelectual Miguel Berjillos se sumó entusiastamente a la iniciativa, junto a otros hombres de la cultura del momento, como Antonio Segovia Lobillo (¡cuándo no!) o José Antonio Fortes Fernández. Poco más tarde, junto a José Andérica y José Bonilla fundó la editorial Arte y Cultura.  En 1972 se había publicado en Málaga su segundo libro, Primera antología de cosas. Su producción se acelera: en 1975 publica Dedicadas formas y contemplaciones; y en 1976 Farándula y epigrama. La careta, libro esencial, se gesta en un viaje a África del norte, y se publica en 1976 en Málaga, reeditándose en Vélez-Málaga en 1982. Con los escritores Antonio Jiménez Millán, Álvaro Salvador, Manuel Salinas, José Carlos Gallegos y Antonio García Rodríguez, funda en Granada el grupo “Colectivo 77”, obviamente en el año citado. Jiménez Millán , uno de aquellos compañeros de aventura literaria, lo recuerda  como “un genio alegre y muy vital, gran seguidor del neopopulismo de Lorca y del primer Alberti” (citado por Jesús Tenllado, “Cine e infancia en la poesía de Joaquín Lobato”, Ballix, diciembre 2005).

En ese mismo año de 1977 se atreve con el teatro y su obra Jácara de los zarramplines, (publicada en 1978), gana el Premio García Lorca de Teatro que otorga la Universidad de Granada. Le siguen dos nuevos poemarios, Infártico (1982) y Poemas del Sur (1984). Luego su obra se ralentiza, con Atardece el mar (1993) y  su postrer El aroma del verano en el vuelo (2003), libro escrito en uno de sus ya frecuentes períodos hospitalarios. Aún antes de morir, el grupo de teatro “María Zambrano” de Vélez-Málaga estrena una nueva obra de teatro: Tisú de plata. El progresivo agravamiento de sus enfermedades lo postra en silla de ruedas y termina con su vida en el 2005, apenas a los sesenta años, muy poco después de haber sido nombrado con tardío reconocimiento como Hijo Predilecto de Vélez-Málaga. Según el profesor Antonio Aguilar Sánchez (Diccionario de escritores de Málaga y su provincia), Lobato fue incluido en las antologías Seis novísimos andaluces (Sevilla, 1977); Degeneración del 70 (Córdoba, 1979); y Antología de la joven poesía andaluza (Málaga, 1982). Dejó una importante cantidad de poemas sin publicar, agrupados la mayoría de ellos en dos libros terminados, Portafolio de Roma,  y Aquellos ojos verdes, y otra obra de teatro, Musel de fresa. Los dos últimos poemarios del autor veleño fueron publicados después de su muerte por el Ayuntamiento local: Aquellos ojos verdes en 2011 y Portafolio de Roma en 2013; aunque no serán analizados en este libro, ya que aparecieron después de la escritura de este capítulo. Actualmente, se trabaja en la edición de una carpeta facsímil conteniendo poemas y dibujos inéditos, edición que corre a cuenta del Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga (CEDMA).

Metrología del sentimiento, publicado en el año 1967 y prologado por el propio Miguel Berjillos, es en todos los sentidos un libro inicial, fruto de juventud que apunta ya los ejes temáticos más constantes en el autor veleño, pero no alcanza todavía a prefigurar los elementos formales que caracterizarán su estilo. El libro está dividido en secciones, que comienzan por “Poemas sueltos”, se interrumpe con una “Elegía a Alfonsina Storni”, prosigue con “Éxtasis primero”, que consume la mayor parte de los poemas, y acaba con “Cinco oraciones de amor”. Sus versos –siempre en verso libre- están excesivamente dominados por cierto coloquialismo predominante en la poesía sesentista, aunque en algunos poemas se pueden apreciar otras influencias de mayor calado, como en el que comienza “Un reloj / marca una hora antigua” (página 22). A lo largo de su cerca de medio centenar de poemas, este primer libro de Lobato expresa las sensaciones personales del autor encerrado en una realidad feroz y decepcionante, una realidad que ama e intenta comprender, pero que al mismo tiempo le causa dolor, y que enfrenta desde un sentimiento de soledad que no ha buscado pero se le impone y lo abruma. Predomina en ellos el uso de la primera persona, adecuada para referir el impacto que la realidad externa ejerce sobre el individuo que la describe y siente. El prologuista acierta señalando que “encontramos su sensibilidad contagiada y herida con el dolor ajeno, se cree escogido para el dolor”, asumiendo así sobre sí mismo los odios y las incomprensiones del mundo. “Me he cargado / la pena sobre mis hombros”. Y todo el paisaje, leído desde esa mirada, se carga de la misma tristeza y desolación. Sin embargo, el poeta sabe que la palabra puede redimir, puede restaurar la esperanza: “Hay que tener una voz / para dialogar con las golondrinas” “Hay que tener una voz / para los niños que desean escuchar un cuento” “Pero lo importante es tener una voz / para decir, para gritar… / para quedarse ronco nombrando AMOR”.

Amor que en la poesía de Lobato –y este es ya un rasgo permanente- se corporiza como un sentimiento que intenta abarcar al mundo, y no precisamente en la carnadura del humano amor de dos personas. Son casi inhallables en los libros del autor veleño los “poemas de amor” en el sentido clásico, los poemas a la/el amada/o; y quizás por ello llame la atención que en este primer poemario haya una sección específica dedicada a esa temática: “Cinco oraciones de amor”. Sin embargo, ya en estos poemas amatorios, el sentimiento que predomina es melancólico y platónico, con predominio de palabras significativas como “recuerdo”, “ausencia”, “pasado”, “vasto dolor”, que eluden deliberadamente la pasión. Esta ausencia de la temática amorosa en la poesía de Joaquín Lobato merecería un particular análisis, algo que no está en la intención de este trabajo, pero sobre el que llamo la atención a futuros estudiosos. “Mi experiencia me dice que el amor es egoísta –señala al respecto el propio Lobato en la entrevista citada-, se busca a una persona no tanto para compartir como para poseer. A mí eso me parece muy triste”.

 

 

Pasan cinco años hasta la publicación de 1ª Antología de Cosas (1972), publicado en Málaga por Ángel Caffarena, con ilustraciones de Francisco Hernández y prólogo de Antonio Segovia Lobillo; en una edición numerada de 200 ejemplares. Es la última época de su estancia granadina, y Lobato ha bebido incesantemente del contacto con el mundo cultural de la ciudad de la Alhambra y del conocimiento de poetas consagrados y contemporáneos que abren nuevas puertas a su propia voz. En su aspecto estructural, el libro comienza con una larga sección llamada “Poemas de la primera parte”, que antecede a otras de menor extensión: “Poemas de la segunda parte”, “Nanas”,  “Dos poemillas al mar” e incluye finalmente un puñado de poemas sueltos individualizados.

Aunque todavía continúa sin definirse el particular uso léxico y métrico que daría –sobre todo a partir de La careta- personalidad definitiva a su estilo, se aprecia la intención de avanzar en la búsqueda formal. No es casualidad –aventuramos- que del nombre de su primer libro, “metrología del sentimiento” (la metrología sería, semánticamente hablando, una ciencia de la medición, de la medida) se pase a un verso casi inicial del nuevo libro, que declara “Voy a explicar la gramática del sentimiento”. El señalamiento, intencional o no, es explícito: el poeta comienza a percibir, a intuir que la eficacia de la palabra poética no está tanto en la intensidad del significado, sino más bien en la sugerencia inefable del significante.

A pesar de esa percepción, probablemente más intelectual que pulsional, el grueso del libro continúa la línea de Metrología…, afirmado en una concepción poética que utiliza el lirismo como fundamento, la voz emergida de las profundidades del alma que clama desde su soledad y su desgarramiento para denunciar la crueldad del mundo y acercar la llama de la esperanza, a través de la compasión y el amor: “mi alma está labrando sus cimientos / en los escombros de mi canto”. Esta sección incluye –además- una serie de homenajes, principalmente a poetas (Lorca, Hernández, Aleixandre, pero también explícitas menciones a Brecht, Evtuchenko y otros seguramente incorporados recientemente a su parnaso), pero también a protagonistas del momento como Martin Luther King. En la página 42 de esta “Primera Parte”, interrumpe la sucesión de poemas la aparición de un texto en prosa, curiosa interpolación que adelanta algunas tendencias posteriores de su poesía: la recurrencia a escenas directamente tomadas de la vida cotidiana, pero que proyectan desde la mirada del poeta un tono levemente surreal y se transforman hasta rozar lo inquietante.

La “Segunda Parte”, así como las “Nanas”, presentan una vertiente inusual en el poeta de Vélez-Málaga: se trata de una serie de poemas en los que predominan los versos cortos, con entonaciones casi musicales, incluso coqueteando a menudo con la rima, a la manera de pequeñas coplillas con evidente influencia lorquiana. Sin embargo, casi presentando una violenta oposición a esa suerte de “cancionero”, las “Nanas” están encabezadas por un “Poema preliminar” en el que Lobato utiliza por primera vez algunos de los recursos que serán más frecuentes en su poesía madura: un corte radical del ritmo coloquial de los versos, apelando a separarlos palabra a palabra: “Es / la / hora / de / la / nana”; y la utilización arbitraria de la posición de los versos en el espacio topográfico del poema. Un criterio que se repite, profundizado, en el segundo de los “Poemillas al mar”. Ambos textos suponen un salto estilístico en el estilo de Joaquín Lobato, que resulta un tanto desintegrado del resto del libro, pero preanuncia –como advertimos antes-  uno de los rasgos más distintivos de su estilo posterior. Primera Antología de Cosas, en suma, prolonga la visión poética de un Lobato que ya en su primer libro había dado, al decir de Berjillos, “el primer relámpago de su imaginación, el primer canto sensitivo que ha llenado su alma ante su encuentro con las imperfecciones humanas”; pero adquiere especial significación porque en algunos de sus momentos se pueden advertir las raíces de un giro copernicano en su palabra poética, que se testimoniaría en los tres libros casi simultáneos que le seguirán.

 

 

 

Si hasta Primera Antología de Cosas (y no “de las cosas”, como se lo cita reiteradamente) la poesía de Joaquín Lobato denunciaba a un escritor sensible y atento a la profundidad del sentimiento lírico, pero probablemente de estatura poética apenas mediana; es con Dedicadas formas y contemplaciones (1975, reeditado en 1996), Farándula y Epigrama (1976) y La careta (1976, reeditado en 1982), donde se despliega el encuentro con su voz más original y auténtica. Antes que nada, hay que decir que la fecha de publicación no se corresponde con su escritura. Corresponde la escritura de La careta a los años 1972 y 1973, durante y después de un viaje al norte de África (probablemente, conjeturo, el cumplimiento de su servicio militar obligatorio), según lo atestigua la aclaración que figura bajo el propio título en la portadilla de la edición de 1982, que es la que utilizamos; y por tanto –un análisis textual de los tres libros citados hubiese bastado para  corroborarlo- es La careta el primero de los tres.

Con los curiosos antecedentes que detectamos en su libro anterior, Primera antología de cosas), En La careta Joaquín Lobato parece concretar aquella enunciación intelectual que abre su segundo libro, “explicar la gramática de los sentimientos”.  Pero para ello, el poeta da un salto radical en el uso del lenguaje. Salto radical que resulta del encuentro afortunado entre una búsqueda intelectual y un hallazgo expresivo, pero que contiene en sí mismo la intención de abjurar racionalmente de sus primeros textos poéticos.

No he encontrado en ninguna parte algún testimonio de que el propio autor haya hecho referencia a esta suerte de “repudio” de su lenguaje poético previo, pero Lobato (como se deja entrever en la referida entrevista que le hicimos con Serralvo) no era afecto a hablar ni a explicar sus textos ni sus procedimientos literarios. Sin embargo, la radical ruptura expresiva que se produce a partir de La careta  se adivina claramente deliberada: del lirismo de un alma atormentada por el enfrentamiento entre el mundo y su propio ser, volcado  en versos que refuerzan la coloquialidad, la superposición entre el mensaje y su vehículo expresivo, la búsqueda de inmediata identificación por parte del lector; la poesía de Lobato pasa casi de repente a un lenguaje despojado, conformado apenas por las palabras precisas para narrar un mundo que sigue estando fuera pero al que él puede ver como un extraño, sin quejidos existenciales ni lirismo subjetivo, palabras que no duda en desgajar en fragmentos de significación, para recomponer con ellos el relato de un mundo reinventado y en reinvención constante por la mirada del poeta. De la mirada del adolescente –soledad, dolor y lamento- a la del niño –representación y juego.

Juego, precisamente. Juego en el significado y en el significante. Juego intencionado, que es explícita ruptura de los ritmos poéticos tradicionales, esos que enseguida nos “suenan a poesía” según una concepción pacata y escolar (los amados endecasílabos de tanto poeta de todo pelaje, por ejemplo). Además de la frecuente desaparición de las mayúsculas al comienzo de frases, la ausencia de puntuación, o la creación de cierta densidad de significado suprimiendo artículos o nexos entre palabras (recursos de todos modos muy habituales en la vanguardia de todo el siglo XX), uno de los recursos más característicos de esta etapa de primera madurez de la poesía de Joaquín Lobato, es el corte de las enunciaciones en versos que llegan a menudo a contener una sola palabra, e incluso sólo sílabas utilizadas como encabalgamientos.

 

Y ahora he-

mos

         ara-

ñado

          nuestra careta.

 

El objetivo de este procedimiento singular es, a mi entender, cortar deliberadamente el ritmo coloquial de la frase: de este modo, cada enunciado queda descompuesto en una suma de imágenes significantes (incluso los artículos, sometidos a esa función deconstructiva, adquieren peso propio) revelando cómo el lenguaje no está compuesto sólo de oraciones sino que cada uno de sus componentes desagregados tiene –además- su propio fragmento de significación y –sobre todo- de sugerencia. Ello, sin apelar al recurso habitual en las vanguardias herederas del surrealismo de agrupar palabras sin conexiones entre sí buscando la aparición de sugerencias herméticas que sólo estallan en el interior de cada lector individual; por el contrario, cada palabra o fragmento de palabra que Lobato individualiza en un verso, si contiene su propio valor sugerente o significante, duplica al mismo tiempo su función al ser articulada con las que la rodean en una nueva  imagen, que es y no es la del fragmento individual. Lobato juega con las palabras, y en ese juego las palabras adquieren nuevas funciones.

Juego, por otra parte, que se revela en la mirada del poeta sobre la realidad circundante. Enrique Molina Campos lo expresa brillantemente: “Tú, tan serio, transmutas y transfiguras, con  toda seriedad, la realidad común y corriente, la mostrenca realidad de los adultos; pero –y en ello está el juego- transmutándote y transfigurándote tú mismo y componiendo contigo y con lo demás una entera realidad otra. (…) Ahora bien, por curioso y comunicativo además, haces de tu vida y tu juego, de tus versos, una fiesta ruidosa a la que es confortante asistir. Y así como otros niños juegan a la pelota en el salón de recibir, bajo la gran lámpara y entre frágiles figulinas, tú, correteando por el verso –aposento de tantas solemnidades- chutas contra la pacatería, contra la retórica, contra el arte poética de la academia –real o republicana-. ” (Prólogo a La careta).

Es esta ruptura provocadora y audaz la que da soporte significante a una mirada sobre “lo demás” –como lo llama Molina Campos- que parece inocente –como ese patético y al mismo tiempo entrañable Grundo- pero contiene en su interior una voluntad poderosa de denuncia y crítica sobre los aspectos más deleznables de lo socialmente aceptado; “conciencia de la historia”, como asegura Fidel Villar Ribot.

 

paticojos caricaturas bichos

imbéciles sacrificados fantoches

y la bufonada de curianas

carnaval de zambos

 

ilustres harapientos alzan

estandartes meciendo el viento

borlas y flecos de oro

 

la sonrisa más tarde la carcajada

luego el desprecio y los pétalos

en las manos de Grundo ausente

que dibuja nuestros perfiles de idiotas

 

Margarita Caffarena y Álvaro Salvador, en un texto de 1979, aciertan en la caracterización que adjudican al conjunto de la obra de Lobato, pero que a mi entender se despliega concientemente recién a partir de La careta: su temática central –dicen los autores mencionados- “se presenta como la subversión de los ideologismos andaluces”, como una concentración de las “contradicciones presentes” en la imagen de una Andalucía tópica. ¿Cuál es la “realidad material del tópico”?, se plantearía el poeta, y para denunciarla y ponerla en evidencia se vale de una estructura limítrofe con lo teatral, en la que se renuncia a la expresión del lirismo individual para plasmar retratos sociales distorsionados por un espejo cuya carga de ironía  los rescata de la ferocidad.

 

los tuertos,

los pordioseros

el bufón 

         van

         en

procesión

 

              (desangran las

               miradas

               de los pordioseros…

                ¡qué amarga

                la expresión

                del

                bufón!)

 

los enanitos

el chimpancé

y el tamborilero

 

                 el desfile

 

una

larga

fila

de

titiriteros

 

Un objetivo que continúa definiéndose cada vez con mayor claridad en el breve Farándula y epigrama (1976), perfectamente descripto por Villar Ribot en un artículo de 1977 del diario “Sur” de Málaga: “Un escenario sancionado siempre por lo grotesco, en donde enmascarados actores –vedettes, nobles, payasos callejeros, etc- titulan sus atribuciones con la manumisión de su incongruencia, quedando todo impregnado por un aire de falsedad que delata la dominante situación del sarcasmo”.

 

Esta

murga

de reputados

fantoches

enmascarados y obscenos

verdaderas

filarias conjuntivas

del sustento (postizas

dentaduras en sus

tan

elegantes

sonrisas)

maridos ellos todos muy buenos

de

generosas damas

entregadas

a la devoción y al respeto

 

 

De esta etapa particularmente fructífera de la creación poética de Joaquín Lobato es también Dedicadas formas y contemplaciones (Poemas a la pintura contemporánea). El libro, que en su primera edición comprendía 29 poemas dedicados a otros tantos pintores universales, y agrega en la de 1996 nueve más, referidos esta vez a pintores malagueños contemporáneos, es al mismo tiempo un homenaje y una nueva mirada sobre cada uno de ellos. Aunque moderando en parte los ademanes más rupturistas de su estructura poética, Lobato apela al mismo lenguaje desagregado que desde La careta es su señal de identidad para hacernos vivenciar las sensaciones producidas por la obra de sus plásticos preferidos, no como meras descripciones ni mucho menos como efusiones anímicas subjetivas, sino utilizando la palabra para recrear atmósferas y sugerencias que emanan de la propia pintura. Sugerencias que pueden ir desde el “antiguo París de humeante / atmósfera esperpéntica de / mujeres fetiches de altos / cocos ligeramente / despeinados” de un figurativo Toulouse Lautrec; hasta la “desdoblada  / sinalefa modela un / etnolografismo Rayas / que / graban materia y concepto”, del abstracto Tapies.

“Lobato - como ha dicho Mari Carmen de Celis (La Estafeta Literaria, 1975)- trata una materia ya ordenada, dispuesta para el último fin, cubierta con el polvo de los signos que hay que separar para después convertirlos en una nueva estructura”.  Una “materia ya ordenada”, al parecer fijada para siempre como lo es un cuadro (o una fotogra-fía), pero que la mirada del poeta no cristaliza  sino por el contrario, descompone y convierte en la clave de su poesía: una representación.

 

 

En 1977, Joaquín Lobato gana el Premio García Lorca de Teatro de la Universidad de Granada con su obrilla Jácara de los Zarramplines, subtitulada “Florilegio en dos actos”. En la Jácara, el poeta alcanza la máxima expresividad de su mensaje sobre la sociedad, a través de un vertiginoso vodevil en el que mediante una representación que algún crítico ha caracterizado (creo que acertadamente) como “superación del esperpento valleinclanesco”, realiza una feroz pero al mismo tiempo lúdica caracterización paródica de un momento tan particular de la vida española (piénsese que estamos recién en los inicios de la transición). La Jácara representa la conjunción de los principales elementos de la poética lobatiana en los momentos de su máxima originalidad: reunión dislocada pero al mismo tiempo coherente de géneros populares como la copla, la revista y el sainete, puestos al servicio de la crítica de una sociedad clasista y moralista que se resiste a ser desplazada  por la fuerza de la alegría y el desparpajo que brota del pueblo; una mirada que capta de manera superpuesta muy diferentes matices y en lugar de ceder a la tentación de organizarlos en una narratividad convencional, opta por dejarlos fluir con la libertad y falta de concierto –y de prejuicio- con que suele presentarse la realidad; y una gramática del diálogo que fracciona  las oraciones y los enunciados cargando el texto de nuevas significaciones. Pero no sólo de estos elementos de la cultura popular se nutre la obra teatral del poeta veleño: en una incursión que enriquece y al mismo tiempo rompe el populismo habitual del género sainetero, entran en el mismo nivel del diálogo y la representación versos de los más clásicos españoles (sin contar con parlamentos que podrían escindirse de la obra y constituirse en verdaderos poemas en la mejor línea de sus propios libros anteriores). Así, “La Zarzamora”, “Carmen de España” o “Tani” conviven en perfecta armonía teatral con fragmentos de Quevedo, Espronceda, Fernández de Moratín y otros, o con las referencias a la Carmen de Merimeé y Bizet. Como en el “Testamento” de su libro Infártico, el autor guarda en su cajita “un / retrato / del / Arcipreste de Hita / un / recuerdo / envuelto / en / papel de chocolatina / dos versos copiados / de / Quevedo / el / ojo / roto / de / un / muñeco / viejo / y / los músculos de Popeye”. Una amalgama  que convierte a la Jácara, más que en una obra teatral, en un poema representado, o mejor dicho, en un nuevo género donde teatro, poesía, música popular  y plástica se conjuntan.

Este planteamiento estilístico se reitera en Moussel de fresa, escrita en 1979 y que permanece inédita, al menos en lo que se ha dado a conocer de la misma, la Escena I del Primer Acto, publicada en un libro de homenaje al autor editado en 1999 por el Ayuntamiento de Vélez-Málaga.

 

 

Tras este fecundísimo período en el que el poeta veleño encuentra su voz más auténtica y personal, pasa un tiempo considerable hasta su siguiente publicación, Infártico (Excma. Diputación Provincial de Granada, 1982). Infártico es un libro que pareciera haber sido escrito en dos momentos diferentes del desarrollo de la personalidad poética del autor. Mientras la tercera parte, titulada “Estuche y alcanfor”, responde con mucha aproximación a sus libros inmediatamente previos, la primera y segunda sección, “Primeras autobiografías” e “Infártico”, recuperan una mirada que vuelve al  yo interior del poeta como testigo que se hace presente y revela sus sentimientos frente al mundo que describe. Aunque Lobato ya ha incorporado la superposición de imágenes, los cortes arbitrarios del verso y otros procedimientos de los que hemos hablado, como una característica identificatoria de su lenguaje, lo cierto es que en más de uno de los poemas de la sección que lleva precisamente el mismo título que el libro,  sus recursos estilísticos parecieran retroceder hacia el encuentro de sus dos primeros poemarios. Si “Primeras autobiografías” –como su nombre lo indica- retoma la primera persona como hilo conductor del discurso, continúa sin embargo extrayendo su fuerza de la ruptura de la lógica oracional coloquial en la conformación de sus enunciaciones. Pero en “Infártico” este recurso cede frecuentemente al retorno de una gramática oracional tradicional, en particular en poemas como “No puedo / con este fusil que se crece / en mi pecho”, “Y cayeron en mis manos las acacias”, o “Me retengo. No me quedo. Me fugo”, en los que recae en una retórica que parecía ampliamente superada:

 

Sostengo mi condición de mar

y pongo voz de monte en mi palabra.

 

ó

 

Porque traigo desengañada la respuesta

me atraviesa la memoria aquel

peregrino de parábolas que yo

esperaba fatigándome la espera.

 

Será por eso que el propio poeta admite en uno de sus versos

Pero me contradigo a cada instante

En Infártico, Joaquín Lobato interroga directamente a su pasado y quizás por ello, si su manera de mirar se caracterizaba por hacer nacer sensaciones de las propias imágenes significadas a través del lenguaje, esta vez  no puede eludir la expresión de sentimientos que brotan en su propia voz. Si las pinturas verbales de La careta o Farándula… reinventaban una realidad para denunciarla y caricaturizarla al mismo tiempo, en el grueso de los poemas de este nuevo libro se palpa el desengaño y una cierta sensación de derrota frente a la hipocresía y los lenguajes esclerotizados de la sociedad. Digamos, un estado de ánimo.

DIGO

de nada me sirven

los sermones ahora

que

(derrotada mi canción)

tengo derecho a NO convencerme

de tanta falsa palabra de

mucho fango y maquillaje

 

Aunque él mismo parece –contradictoriamente- reafirmarse en sus búsquedas formales, ligándolas directamente a su búsqueda metafísica, cuando insiste –muy vallejianamente- en que

Me alejo de los niños y de las flores

(enramando la derrota y su resuello)

marchándome hacia otras gramáticas

escarpadas y oscuras

 

El juego del significante y la dictadura del significado ¿no es acaso una de las batallas más tormentosas que tiene que librar todo poeta? Una batalla que frecuentemente se disuelve en ese gesto final, que lleva en su peso el signo de la muerte:

El silencio no engaña. El

silencio es una respuesta

honda, demasiado

exacta. Por eso

sabe la postura

que

toman los muertos.

 

Hay que destacar que es precisamente en Infártico donde comienza a hacerse presente de manera acentuada otra de las recurrencias predilectas de Lobato: la incorporación a sus imágenes poéticas de elementos de la cultura popular: jugadores de fútbol, personajes de tebeo, estrellas cinematográficas, todo un nuevo horizonte sobre cuyas implicaciones hablaremos específicamente más adelante. Todo ello, en una fecunda superposición con sus admiraciones artísticas de siempre: sus poetas y pintores favoritos. 

El libro finaliza –precisamente- con tres “Conmemoraciones” dedicadas a César Vallejo, Antonio Machado y León Felipe. ¿Una auténtica declaración de intenciones?

 

 

Poema del Sur, su libro inmediato, es de 1984. Lobato retorna decididamente a su lenguaje más característico: las frases se desmoronan lentamente, palabra a palabra y hasta en sílabas encabalgadas, logrando generar un ritmo demorado y mágico que transmite la sensación de un conjuro. La primera persona se oculta pudorosa y deja paso a la descripción de tinte teatral consagrada a partir de La careta. Pero si el autor había demolido con sus mordaces figuras de una  ritualidad patética la iconografía del tópico andaluz, es en este poemario donde intenta reconstruir la idea de una Andalucía a la que ha caricaturizado pero no por despecho sino por amor a su verdadera esencia. Poema del sur es, desde luego, un canto a su Andalucía amada, incluso en algún gesto de apólogo

Salve. Oh Andalucía, mi amor irremediable

Pero la Andalucía de la que habla Lobato no es la de toreros y manolas, la de charanga y pandereta, que tanto mal ha hecho a la realidad profunda de esta tierra, sino una Andalucía que nace en el mito de los viajeros arcaicos, que se sustenta en el estoicismo de un Séneca o el misticismo de un Zurbarán, y se afirma en la luminosidad mediterránea

Y la luz, todavía sonámbula de oscuridades

extiende racimos imprevistos de resplandores

 

El mar, siempre presente, y en los sentidos el paisaje que se encarna en la vivencia sin aditamentos efectistas ni adjetivos sensibleros

Cabras

con campa-

nillas

olivos

y

montes

arriba.

Una

risa

de

almendro

(ventana)

la

niña

traviesa

(lágrimas)

espinos

traje

de

marinerito.

Huele

a

manzana.

 

Es, en suma, una reivindicación de una Andalucía casi sacralizada, mítica y ascética, desnudada de grotescos gestos milagreros, de corajudas heroicidades de sable de latón y de golpes en el pecho. Una Andalucía donde, ahora sí, el poeta es capaz de retomar sin la feroz ironía de poemas anteriores, el paso ancestral de los tronos semanasanteros con una mirada diferente, observadora y hasta compasiva, hasta cómplice incluso.

 

no pude evitar

la herencia

de

mi bucólica sangre

y

sin

querer

se

durmió

en

la infancia de mis ojos

 

Transcurren casi diez años hasta la aparición de un nuevo poemario del autor veleño: Atardece el mar, editado por Endimión en Madrid en 1993. Se trata de cuarenta y cuatro poemas cortos (salvo uno ninguno excede los quince versos), en los que el poeta vuelve a retraerse a actitudes menos rupturistas, tanto desde la métrica como desde la temática. Curiosamente, son los primeros poemas del libro los que todavía conservan algo de ese hálito de sus libros anteriores (en particular los que comienzan “Cuesta arriba blanquísimo…” y “Una mañana de hirviente agosto…”, en el que introduce –como es habitual en la parte más original de su obra poética-  personajes alrededor de cuya acción se construye el sentido. Pero paulatinamente, el libro se vuelve un demorado monólogo en el que el poeta, en primera persona, entabla una contemplativa relación directa con el mar y sus símbolos.

Aparcando el recurso habitual a la descripción de ambientes humanos en los que campa la referencia a la cultura de lo cotidiano, lejos de esa ironía que le permitía tomar distancia y al mismo tiempo revelar sus sentimientos en contraste con lo representado en el poema, en este libro Lobato se adentra en un espacio de mayor intención metafísica, acudiendo a unas imágenes en las que priman la luz y los colores, difusos y cambiantes según las horas y las estaciones en las que se enfrenta con su mar, a través del testimonio, la complicidad y a la vez  también el conflicto. Contemplación, loa y reclamo, frente a un mar siempre sin respuesta, que –como Dios- asiste  indiferente a las invocaciones del poeta.

Aunque el autor no reniegue de crear ritmos métricos absolutamente individuales (ni en un solo poema cae en la tentación de utilizar métricas uniformes: resulta difícil encontrar versos –consecutivos o alternados- con medidas silábicas similares), los encabalgamientos forzados, las rupturas intencionadas del ritmo coloquial que son una de sus huellas más particulares en libros anteriores, ceden terreno a un verso más acorde con una respiración serena  y descansada, hecha de versos fluidos y enunciados completos, incluyendo el tan clásico uso de los vocativos (Oh mar…, etc), y convirtiendo a este libro en una verdadera isla en su producción poética.

Atardece el mar es un libro en el que pareciera que Joaquín Lobato ha desertado de su propio e inclasificable registro, para intentar acercarse a las tendencias predominantes en la poesía culta española del momento. En años posteriores –y anteriores a su último libro, escrito en el hospital un par de años antes de su muerte- Lobato regresa al registro que mejor domina: la recreación de la memoria a través del mundo de la cultura popular, el cine y el kistch, con una mirada aparentemente ingenua pero cargada de fuertes significados simbólicos, especialmente en Aquellos ojos verdes, publicado en 2011, varios años después de la muerte del poeta. En este, que posiblemente sea el mejor poemario de Lobato, todos los recursos expresivos propios del autor se concentran para ofrecer un mosaico de escenas y personajes que se despliegan de manera casi narrativa, haciendo eje en los recuerdos de su pasión infanto-juvenil por el cine americano de las grandes épocas de Holywood, con sus grandiosas historias de piratas y romanos, de borrascosos amores encontrados, de héroes y heroínas melancólicos o glamorosos, pero que también sirven de escenario privilegiado para la sucesión desbordante de las imágenes de una infancia y adolescencia encarnadas en las calles y los personajes de un Vélez-Málaga caricaturesco e inocente a la vez, pero entrañable siempre. Un escenario a medias entre lo real y lo imaginario que comparten beatas señoras de sacristía con Baudelaire o Rimbaud, las “mujeres malas” de la calle alta con Verónica Lake, o donde Popeye el Marino pierde su desafío al futbolín contra el eterno niño cuya mirada descubre –o propone- un mundo diferente al de la pálida ciudad de provincia por la que camina. (Inevitablemente, este libro evoca al argentino Manuel Puig: y claro –por su latido textual- al César Vallejo de los Poemas Humanos).  Entre imágenes, el ramalazo de autoconciencia de quien se sabe ya mucho más acá de sus propios sueños (“Una casi muy  completa / colección de enfermedades / desvanece en mis horizontes / y ya no puedo ser futbolista. Así / que a repicar campanas. / Quise ser luego / de muchacho / un seductor apuesto Gatsby. / Tampoco”). Un mundo que se contempla y dice desde la distancia del tiempo, pero que conserva el color y la inocencia del original, porque

Cada almanaque cumple su plazo

y destempla una sonrisa

todo

lo demás

es volver a los objetos que perduran.

 

 

Tras Portafolio de Roma Permanecen inéditas las dos obras teatrales escritas en esa época: Moussel de fresa -1979- y Tisú de plata -1990-. De ambas se conocen sendos fragmentos publicados en el libro de homenaje Joaquín Lobato –año 1999-; siendo la segunda estrenada en 2004 por la Compañía María Zambrano en el Teatro del Carmen de Vélez-Málaga. Aunque sin publicar a la fecha de terminación de este libro, lo siguiente en la producción del autor veleño sería Portafolio de Roma, crómica poética del viaje en el que visitó a María Zambrano. Pasarían diez años más hasta su último poemario publicado en vida, El aroma del verano en el vuelo, editado en 2003 por la editorial de la Universidad Politécnica de Valencia en su colección Letras Humanas, ilustrado con dibujos del autor realizados en la misma cama del Hospital Comarcal de la Axar-quía en la que escribió la totalidad del libro. Un libro del que –relata Antonio Serralvo, que junto a su mujer Mari Reme Galán fueron trasladando diariamente a la versión definitiva- Joaquín “escribía en su habitación a oscuras y tumbado en la cama”, “en noches terribles de insomnio”, y a veces dictándole los versos a sus amigos porque ya le era imposible escribir.  Ocurrió a lo largo de tres meses de internamiento del poeta a raíz de una grave neumonía que lo aquejaba. En esa oportunidad, sin embargo, como afirma su amigo y fiel acompañante de esos días difíciles, Antonio Serralvo, “gracias a estos poemas, Joaquín salió airoso de un trance en el que estuvo al borde del abismo”, el libro “ha sido en definitiva su tabla de salvación a la que se ha aferrado cuando ni la familia, ni los amigos, hemos sido capaces de infundirle más ánimos”. Y sin embargo, lejos de ser un libro amargo y sombrío, a la manera vallejiana, El aroma del verano en el vuelo es un auténtico canto de amor a la vida: “Porque deseo volver al aire / Necesito que el cielo se despeje / y vengan capitanes al rescate”. Libro vital, pleno de esperanza, aunque como dice Jesús Tenllado (Letras Axárquicas nº2, 10/2004), “Acosado por el terrible dolor del cuerpo sin duda, pero también del alma (“¿dónde un nolotil / para el alma?”, Lobato se aventura por las cavernas del dolor, y halla, no podía ser de otro modo, que las heridas más terribles las ha proporcionado la alegría, porque éstas no cicatrizan”. Reflexión que deja plasmada en un poema que es –además- un evidente caligrama por su disposición tipográfica, algo que no encontramos habitualmente en el autor, a pesar de su propensión a dotar de significado inmanente a la disposición de los versos:

 

Oh

estar

                        aquí

en esta silla de ruedas

casi maniatado,

                          suspendido

Porque

                      las

                           heridas

                                       de

                                              alegría

no cicatrizan

 

El poeta, tumbado en una cama de hospital, aprovecha para desgranar un anecdotario de recuerdos que retoman los temas persistentes de su obra, plagado de esas figuras entre ingenuas y patéticas vistas desde su intencionada mirada de niño, que descubre un mundo con mucho de absurdo al que dota de su propia fantasía; al mismo tiempo que se rebela –a veces con un humor cruel- contra la injusticia de su destino.

Me he caído

desde las altas camas de los hospitales

y he sentido

el fuerte golpe en lo más profundo de mi limbo.

 

Me levantaron

incorporándome de nuevo al lecho

para que aprendiera

que volar tiene sus dificultades.

 

Estilísticamente, Lobato vuelve a esa métrica desestructurada que lo caracteriza desde La careta, aunque no con la radicalidad de antaño: como si en la etapa final de madurez intentase  encontrar una voz definitiva que resuma todos sus intentos hasta entonces. Es difícil aventurar cómo hubiera sido la obra posterior del poeta veleño si la muerte no lo hubiese sorprendido apenas a los sesenta años. No podemos otra cosa que hacer conjeturas sobre ello. Pero lo que no requiere conjeturas sino afirmaciones, es lo que ha dejado a los lectores, y en ello basamos este estudio.

 

 

Por fin, en esta breve mirada sobre los libros de Joaquín lobato, debemos hacer mención a la Antología Única, curiosa edición facsimilar editada en  enero de 2004 en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga por encargo del Ayuntamiento de Vélez-Málaga. El volumen es la reproducción facsimilar en tamaño reducido, de una carpeta manuscrita y con dibujos en papel canson de 180 gs en tamaño A3, donada por el autor al Ayuntamiento tras un homenaje realizado en 1999. Son veinticinco poemas y tres dibujos, al cabo de los cuales Lobato apunta: “Terminada en la madrugada del día 19 de noviembre del año 2000. Llueve y hay tormenta y no me duele el brazo. DEO GRATIAS”. El grueso de los poemas son de sus tres últimos libros para ese entonces: Infártico, Poemas del Sur y Atardece el mar. Al margen de las consideraciones y las elecciones que cada uno de sus lectores o críticos hagamos de su obra poética, resulta interesante tomar en cuenta cuáles son los textos que el propio autor considera su propia Antología.

 

 

Un análisis general de la obra poética de Joaquín Lobato exigiría mucho más espacio y dedicación que lo que se pretende con este capítulo, y comprendería también inevitablemente relacionarla meticulosamente con su otra gran pasión artística, la pintura. No obstante, y sin tan ambiciosas intenciones, intentaremos al menos fijar –en nuestro juicio- los elementos centrales que la caracterizan.

La temática de Joaquín es amplia y variable según las épocas y en ella se refleja siempre la mirada de un ser desarraigado de las convenciones pero al mismo tiempo pendiente de la búsqueda de un espacio de pertenencia: el poeta reclama para sí su identificación andaluza, pero reniega de los tópicos que convierten al andalucismo en un cliché; descree de las pomposas ideologías y los escalafones sociales, pero quiere encontrar, a través del despliegue del amor, su sitio entre quienes lo rodean; conoce que su camino está atravesado por el sufrimiento y la muerte, pero canta a la vida y la alegría.

Para ello, elige la mirada del niño que contempla perplejo el mundo de los mayores, con colorido detenimiento y sin prejuicio previo, para reinventarlo en su propio juego. Ese juego que, como afirma Enrique Molina Campos, “es una magia trascendente, una aventura transindividualizadora, por la vía natural de la imaginación”, reproduce a su manera el mundo real tomando al mismo tiempo distancia de sus convenciones, y logra así desenmascararlo. Como es mirada desplegada en juego, no es extraño que lo más significativo de su obra asuma aires de teatrillo, entre las marionetas de Maese Pedro y el sainete, con la mediación indudable del esperpento valleinclanesco. En rigor, libros como La careta o Farándula y epigrama, parecen ser acotaciones, estudios de personajes, bocetos tal vez, de sus singulares obrillas teatrales.

El recurso a la memoria no es simple introspección que busca secretos interiores, sino que sirve para retratar un mundo poblado de Grundos, Teodomiros, beatas, sables de latón, caballeros de ridículo pundonor y severos empaques: la patética y oscura realidad de la Andalucía “de charanga y pandereta”, vista desde la fantasía de las películas del Principal Cinema. “La festividad de la representación, la procacidad en ocasiones, el relamido populismo oficial y la convencida mentira dirigida al pueblo, salen a relucir en la farándula cotidiana como el único vuelo de pudicia de una sociedad desgraciadamente viva todavía en la que se desarrolló la formación del poeta”, asegura Fidel Villar Robot. Por eso, su recurrencia constante a personajes y elementos de la cultura popular: los programas de radio, la copla, el cabaret, los futbolistas sacralizados en los cromos, el circo, los discos de baquelita y sobre todo, el cine. (Un excelente estudio sobre este aspecto de la obra de nuestro poeta se encuentra en Jesús Tenllado, “Cine e infancia en la poesía de Joaquín Lobato”, revista Ballix nº 2). El cine, que afirma el propio autor, fue para su generación “una auténtica educación sentimental”. Pero esta fuerte impregnación del cine en la obra artística –un fenómeno común a toda una época y por lo tanto a muchísimos artistas- en la de Joaquín Lobato tiene otra vuelta de tuerca:

Acostumbro

a

retrocederme

las

edades a cuando

jugaba

a  echar películas.

Un rincón un

cuarto tres

coches de lata

desportillada Toda

una

alacena

para mis

cascarrias

Y pintaba prospectos E

inventaba

los personajes

para mis funciones: el prestidigitador

el malabarista el valiente

domador (…)

 

En efecto, no sólo se trata de la influencia temática del cine romántico y aventurero de aquellos tiempos, sino que Joaquin juega a hacer sus propias películas, con cartelería incluida. El aire de libertad y trasgresión propio de las películas –sobre todo contrastado con la sociedad pacata y represiva de la posguerra franquista, que a muchas les agregaba la sublime tentación de la prohibición por debajo de determinadas edades- provoca en el niño el impulso de crear su propio mundo, donde la fantasía se trenza y toma forma referenciando a la opresiva realidad. Retrato de un mundo hipócrita o inocente, escindido entre la fantasía y la beatería.

 

Encarnación (la que viste siempre de azul marino) todas las tardes escucha discos dedicados por la radio. La novela de las cinco menos cuarto. Hace pañitos. A las siete se marcha al Rosario y a la Salve de la Virgen. Muchas veces me llama (cuando paso por la puerta de su casa). Me ofrece una silla y me siento un rato al sol. Encarnación me cuenta los pretendientes que tuvo y las películas de Libertad Lamarque. Después. A las siete. Encarnación se pone su traje amargo de azulmarino y se marcha al Rosario.

 

La realidad andaluza de provincias –de su Vélez-Málaga-, es reconstruida así  en un tono diametralmente alejado de los tópicos, denunciando desde la pureza del juego y la distancia irónica del vodeville, la ficción de un mundo injusto y opresivo, en el que a través de las grietas atinan a atisbarse sus verdaderos valores. Y en ese gusto infantil por el juego y la ficción teatral o cinematográfica, se incluye también ese otro gran juego y ficción que es la liturgia religiosa, con sus altares ornados, sus misas llenas de boato y ceremonial y sus tronos y rutinas de Semana Santa. Una teatralidad fastuosa que atrae y repele a Joaquín al mismo tiempo, y que intenta apartar para poder encontrar el verdadero rostro de Dios, que juega a las escondidas.

Y por fin, es importante destacar la permanente lucha interior –reflejada claramente a lo largo de su obra- entre su conciencia de “soledad intelectual”, de saberse diferente en una sociedad mediocre y aborregada por las convenciones; y su ansiedad de reconocimiento –no por la vía de la fama, sino por la del afecto- por parte de esa misma sociedad, lo que implica una fortísima necesidad de arraigo. Quizás Joaquín Lobato podría decir de su Vélez-Málaga lo que Jorge Luis Borges de su Buenos Aires en aquel memorable poema: “No nos une el amor, sino el espanto: / será por eso que la quiero tanto”.

Valga como claro ejemplo de esto último, el gesto poético escenificado en ocasión de su nombramiento como Hijo Predilecto de la Ciudad, apenas alrededor de un año antes de su fallecimiento. En el año 1982, en Infártico, recordaba que

Atiendo

               si

dicen

mi nombre

las

anémonas. O

cuando

              llaman

a mi puerta

las palomas.

                        Me hago el

tonto

cuando los muy

serios 

           señores

de rabiosas corbatas y

espantosas

calvas

me

señalan.

 

En el año 2004, veintidós años más tarde, y ante centenares de serios y conmovidos señores y señoras, muchos ellos de corbatas y calvas relucientes, Joaquín aceptaba el homenaje tardío de sus vecinos presididos por las más altas autoridades, entregando una versión modificada de aquellos versos:

Atiendo

               si

dicen

mi nombre

las

anémonas. O

cuando

              llaman

a mi puerta

las palomas.

Pero

desde ahora

me encontraréis. Seguro

que me encontraréis

siempre.


(publicado en la revista Sociedad, de la Sociedad de Amigos de la Cultura de Vélez-Málaga; incluido en el libro La esceritura de la luz, editado por el Ayuntsamiento de Vélez-Málaga)

 

 

 

 

 

 

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