Recordando al poeta Salvador Rueda, nacido en Benaque

“Vélez-Málaga, esa hermosa ciudad a la que tantas veces bajé desde mi aldea por el camino-arroyuelo de Benamocarra, montado en un burro que se copiaba hecho temblores y luces rizadas en el fondo del agua sacudida de ese trozo originalísimo de carretera veleña...” Con esas palabras, recordaba Salvador Rueda esta ciudad, en una carta enviada al entonces joven escritor veleño Amadeo Téllez. Y así, a lomo de asno, había llegado un día a Málaga, apenas adolescente, el que sería nombrado mucho después en La Habana como “Poeta de la Raza”.

“Mi hermana y yo vinimos a ver tu gloria / dentro de los dos nidos de los capachos”, escribiría  luego, rememorando su arribo a la Málaga que lo acogió y le brindó, de la mano de don Narciso Díaz de Escovar (alguien a quien algún día habrá que valorar en su justa grandeza), la posibilidad de cultivarse y asomar su palabra a través de Mediodía, El Globo, y otros periódicos malagueños, para partir a Madrid antes de los 30 años, donde el joven escritor que había aprendido a leer los clásicos españoles por influjo del andarín Padre Robles en la diminuta aldea axárquica natal de Benaque, se codearía de entrada con Castelar, Campoamor o el gran Clarín, entre otros.

 

“Dichoso tú que eres un poeta todo natural y todo verdadero”, lo alabaría Rubén Darío, el vate modernista de las marquesitas románticas y los palacios de alabastro. Y es que el humilde autodidacta de Benaque, ya en la plenitud de su tarea poética, había logrado prematuramente en España la renovación de las formas literarias de las que la historia de la literatura haría responsable al gran modernista nicaragüense; pero como dice el biógrafo Pérez Fuillerat, “con más corceles que cisnes; más bueyes que bisontes; más cigarras y abejas, luciérnagas y hormigas que águilas feroces”. Modernista, sí, pero construyendo sus símbolos a partir de la naturaleza que amó y mamó en el contacto con la tierra axárquica de su infancia. 

 

Y vinieron los viajes por todo el mundo de habla hispana, los homenajes y los reconocimientos universales, los laureles de ser considerado uno de los grandes poetas españoles, sin que ni Málaga, ni por cierto menos todavía su Benaque, descubrieran hasta mucho más tarde la personalidad que habían acunado. Y es que ese parece ser el triste destino de los más dotados, en estos pueblos donde el arte y la cultura tardaron mucho tiempo –y siguen tardando- en encontrar el lugar que les corresponde.

 

Cumpliendo con uno de esos gestos rituales que acostumbramos los escritores, visité hace algún tiempo la humilde casa aldeana de una sola planta , donde apenas una inscripción en el portal recuerda los tiempos en que don Salvador, lejos ya de aquel 1857 en que naciera, volviera una y otra vez, ya rumbo al ocaso de su vida, a recobrar la luz de sus primeros años. Lo imagino caminando sólo por la callejuela que conduce a la iglesia, triste y decepcionado por los sinsabores de una vida escindida, como su propia poesía, entre la prístina naturalidad que anidaba en lo profundo de sí, y las concesiones artificiosas al prestigio y la exigencia de los cenáculos. Como cuentan que lo veían, allá por los últimos años 20, almorzando sólo en una mesa de Casa Laureano, en la malagueña calle Camas, antes de regresar andando hasta su casa en La Coracha, a los pies del Gibralfaro, donde moriría en 1933. Triste, decepcionado y solo, seguramente con el paso encorvado por los años que acentuaría aún más la pequeñez de su figura de no más de un metro sesenta, lejos ya seguramente de ese difundido retrato que lo presenta cuidadosamente peinado con sus cabellos a los que se adivina ondulados bajo la brillantina, con su ancho mostacho, su pajarita negra sobre un cuello primorosamente blanco, y la mirada segura de los triunfadores.

 

Cuenta el poeta Rafael Inglada, que una mañana fue invitado a asistir a la inhumación  de los restos del autor de Benaque en el cementerio de San Miguel, trasladados desde el nicho original a una fosa con otros artistas. Disfrutando del raro e incluso macabro privilegio de tener entre sus manos el cráneo del poeta, como el sepulturero sostiene el cráneo de Yorik para dar pie a la clásica reflexión de Hamlet en la tragedia shakesperiana, Inglada asegura: “y sólo entonces pensé cuánto había viajado y escrito aquella generosa calavera que, en vida, tanta luminosidad, alegría y honor ofreciesen a la tierra que le viera nacer”.

 

Y que su tierra, como pasa tantas veces, no supo reconocer hasta que fue demasiado tarde.

 

 

 

ENRIQUE ZATTARA HERNÁNDEZ

 

 

 

Comentarios (0)

500 caracteres restantes

Cancel or




Realizado por La Luna Producciones®.
Warning: call_user_func() expects parameter 1 to be a valid callback, function 'tdo' not found or invalid function name in /home/vgnambyz/public_html/miJoomla/templates/themza_j16_01/html/pagination.php on line 153
Valid XHTML and CSS.