Amadeo Téllez, un pionero de la literatura veleña al comienzo del siglo XX

 

 

 

Amadeo Téllez Jiménez nació en Vélez-Málaga el 23 de febrero de 1894, y falleció en la misma ciudad el 7 de julio de 1962, a los 68 años. De joven viajó a Madrid, donde participó del mundillo literario al qe ansiaba sumarse, pero regresó a su ciudad natal, donde llegó incluso a ser Alcalde hacia fines del período republicano. Téllez no publicó ningún libro en su vida. Según refiere Martín Galán, su obra, además de los poemas publicados en programas festivos y en el “Guión Parroquial”, se compone de más de un centenar de poemas –en su mayoría en forma de sonetos- , agrupados en un cuaderno de  tapas de hule de 168 páginas manuscritas, encabezadas por la citada carta de Rueda a modo de prólogo, que el propio autor había denominado con el nombre de Pétalos. En este artículo, Enrique Zattara se adentra en la vida y la obra conocida de este poeta y hombre público de la captal axárquica.


“Querido poeta: Llego a Ma­drid, leo sus versos, y efectivamente veo que no está contagiada su personalidad artística por el léxico ni por el espíritu de otros. Habla su alma por cuenta propia y lo que usted hace en sus interesantes rimas es arrancarse del corazón raíces de sus episodios y dejarlos prendidos en la palabra escrita con sonora fluidez.

¿Por qué no piensa en publicar un libro? Creo sinceramente que todo él habría de destilar interés y variedad y que en sus páginas cantaría usted a su hermosa ciudad, a la que tantas veces bajé desde mi aldea por el camino-arroyuelo de Benamocarra, montado en un burro que se copiaba hecho temblores y luces rizadas en el fondo del agua sacudida de ese trozo originalísimo de carretera veleña, sin olvidar a la Patrona celestial, a sus regocijadas ferias, a la mu­jer de Vélez, y continuando, en fin, todo lo que de sabor típico tiene esa bendita tierra y sobre todo dejar impresos los latidos de su co­razón y las imágenes de sus pensamientos. Si para ese libro quiere unos renglones de mi modesta pluma, avísemelo en su día. Animo poeta, manos a la obra, y mientras tanto se las estrecha las de su devoto amigo y colega, Salvador Rueda”.

¿Quién era el merecedor de esta halagadora misiva, a tal punto que el propio Poeta de la Raza se ofrecía a escribir el prólogo al libro de sus versos que recomendaba publicase? La carta, que conocemos gracias –una vez más, cómo no- a Martín Galán, quien a su vez la recibió de la gentileza del destacado hombre de la cultura y desaparecido ex procurador veleño, Jesús Peláez Salto, estaba dirigida a un joven veinteañero que se había atrevido a enviarle sus tempraneros poemas pidiéndole su juicio: Amadeo Téllez Jiménez. Téllez Jiménez nació en Vélez-Málaga el 23 de febrero de 1894, hijo del abogado José Téllez Macía, quien también había tenido algunos coqueteos con la poesía, publicando en los programas de Feria. De joven se fue a Madrid, en un período de su vida del que todo se desconoce, pero que sin duda llevaba la intención de incorporarse al mundillo de la bohemia y la literatura de la capital, tan lleno de personajes y anécdotas inolvidables en ese principio del siglo XX. Testimonios de aquella etapa son versos tales como los que dicen que “En la Corte formé del loco enjambre / de ilustres buscadores de la gloria, /y allí escribí mi página en la historia / de la triste y dolida poetambre”. Sin embargo, el surgimiento de una enfermedad progresiva lo obligó a regresar a su ciudad natal, en donde continuó su fecunda labor poética sin hacerle ascos -ya que estaba- a ningún aspecto de la vida pública. Funcionario de categoría en el Partido Judicial de Vélez, llegó a ser fugazmente Alcalde de la ciudad en el año 1936. Según un comentario sobre la época publicado por Francisco González en el “Diario de la Axarquía”: “Durante la República había sido un excelente político y se ganó el favor de muchos. No obstante, se vio desbordado por los acontecimientos: ataques a la iglesia, manifestaciones y reyertas entre huelguistas. Entrado el mes de marzo de 1936, Amadeo Téllez sufría una apoplejía. Aún así, hizo frente a los disturbios y destrozos de imágenes y conventos. Su enfermedad le hizo retirarse al estallar la guerra, cuyo cargo recayó en Federico Terrón Rodríguez”.

Hombre culto y amante de las letras, se hizo popular por su microprograma “Anécdotas Veleñas”, dentro de un programa que dirigía en los años 50 José Méndez Hoyos en la radio parroquial. Los versos de Amadeo Téllez fueron parte permanente de los sucesivos programas y libros de las Ferias, y de cuanto otro acontecimiento festivo de la capital de la Axarquía.

Dice de él Segovia Lobillo que “Su vida, que se le iba sustrayendo cada vez más por la dolencia que padecía, estaría consagrada, por su obra, al menester de la popularidad. Versos de corte clásico, de perfectas rimas y reconocida métrica, coloristas y musicales, que en algunos casos no podían desentenderse de determinadas influencias, fueron apareciendo en publicaciones locales. Romancillos y cantares animaban los programas de ferias de la comarca. Buen coplero también, dio ocasión de felices lucimientos a aquellos célebres carnavales de antes de la guerra”. Este volcarse hacia “la voz de su pueblo”, no obstante, fue una tentación a la que sucumbió su poesía, que hubiese podido –aunque las hipótesis siempre son sólo eso- alcanzar notas de mayor altura si su aventura madrileña le hubiese permitido acercarse a los escritores que en esa época buscaban la renovación de las tendencias finiseculares. No dudo de que muchos abominarán de esta opinión que acabo de arriesgar, agitando con indignación la consigna de que el “mejor poeta es el que se hace entender por todos”. Con todos mis respetos  -humanos, aunque no estéticos- por quienes así opinen, insisto en que quien escribió “Medita la preciada maravilla / del portento de tu hoz fiera y sañuda, / del apretado haz de la gavilla, / de tu faena ruda, / del rítmico aventeo de la trilla”, podría haber tenido un destino artístico mejor que el de versificador de los libros de Feria, por mucho aprecio con que el pueblo lo distinguiera en su pasar por la vida.

Hacia el final, Téllez “… solía sentarse a la puerta del Rinconcillo, un conocido bar en el vértice urbano de la calle Fina. Ya en los últimos años, veíasele con la cabeza apoyada en la pared y la mirada fija al fondo de la calle y también de la gente que pasaba. Vencido por la enfermedad, sin equilibrio el armazón de su cuerpo, convulsa su figura y clara su mente, Amadeo Téllez seguía escribiendo encumbrando su cerebro de felices inspiraciones” (Antonio Segovia Lobillo). Falleció, finalmente, un día sábado, el 7 de julio de 1962, a los 68 años.

Téllez no publicó ningún libro en su vida. Según refiere Martín Galán, su obra, además de los poemas publicados en programas festivos y en el “Guión Parroquial”, se compone de más de un centenar de poemas –en su mayoría en forma de sonetos- , agrupados en un cuaderno de  tapas de hule de 168 páginas manuscritas, encabezadas por la citada carta de Rueda a modo de prólogo, que el propio autor había denominado con el nombre de Pétalos. El libro, que desgraciadamente nunca llegó a salir a la luz, constaba de cinco partes: “Musa colorista”, “Laurel Romántico”, “Latidos”, “Lira mística” y “Mosaico”. A principios de los ochenta, Galán Herrero incluye una selección de su obra en el quinto “Cuadernillo A la Cruz del Cordero”, que incluye algunos Pregones veleños; dos sonetos de la serie “Los meses del año”; cinco de sus “Máximas”, la “Sonata en e”, el poema “Para ti”, que cerraba el manuscrito original; y “Ego” un poema en el que Téllez se retrata a sí mismo con gracia y emoción ya “al borde del ocaso de mi vida”.

De la recopilación de Libros de la Feria de San Miguel editada en el año 1992 bajo el cuidado del historiador Francisco Montoro, extraemos también algunos textos –en poesía y en prosa- de Téllez, que sin duda se prodigó durante mucho tiempo en este tan particular y popular “soporte”. Se trata de “Feria en Vélez” , “Noche de Enero” (1934); “Estampas de Feria”, “El sufragio de un vivo” (1935); “Al Vuelo”, “A la ciudad de Vélez”, “Ni por esas”, “Respuesta razonada” (1944); “La Feria de San Miguel”, “Rosa-Mary en la Feria”, “Dos ingenieros” (1951); “Feria de San Miguel”, “Estampa de la Feria” (1961). Hay que decir, que en los libros de feria de los años cincuenta, la presencia de Téllez era casi monopólica. Por fin, Antonio Segovia Lobillo reproduce un delicado soneto dedicado a Vélez-Málaga, en uno de sus escritos sobre el poeta del que hablamos.

El análisis de este escaso material  revela una progresiva decadencia en la calidad de sus textos poéticos, hecho que puede advertirse a través de la cronología que nos ofrecen sus inclusiones en las páginas de los libros de Feria. . Tal como los versos que he citado más arriba, vale la pena reproducir este soneto titulado “Noche de enero”, publicado en el programa de la Feria de San Miguel del año 1934, para apreciar a un poeta que iba ya adquiriendo (tenía entonces cerca de los 40 años) una voz madura y destacada:

 

Una noche de enero iluminada

por la luna que es lámpara de plata,

la ciudad bajo su manto se rescata

silente, por el sueño embelesada.

 

De la fuente, se escucha la balada

del agua que murmura una sonata,

la canción a la hermosa que retrata

cuando nace la excelsa madrugada.

 

Noche clara, serena, misteriosa,

en que vago por calle tortuosa

hasta dar con tu casa señorial

 

Una hora ha llorado la campana,

no he querido buscarte en la ventana

y en tu reja he rezado un madrigal.

 

Sin embargo, a medida que va haciéndose mayor el nivel de su poesía va perdiendo calidad, empantanándose a menudo en la retórica costumbrista propia de los típicos “copleros” locales, aunque no pierde afortunadamente su culta maestría en el respeto a los géneros. Que no hace ripios, vamos. Es de destacar la singularidad métrica de su serie denominada “Máximas”, donde intercala un verso octosílabo entre dos pares de endecasílabos, con una rima de tipo ABABA conformando una estrofa de ritmo muy particular. También resultan un hallazgo poético singular las viñetas poéticas tituladas Pregones veleños, en las que en estrofas de dieciseis versos rimados en los versos pares, hace el retrato de diferentes vendedores ambulantes propios de la geografía urbana de aquellos tiempos.

Insistimos en que uno de los inconvenientes que se nos han presentado a la hora de analizar la obra poética de Amadeo Téllez, es la reducida cantidad de escritos disponibles, e incluso el hecho de que los contenidos en los Cuadernillos… no estén fechados, lo que no permite ubicarlos cronológicamente. Sería de mucho desear que los actuales poseedores de los manuscritos del autor permitiesen una revisión completa de los mismos, y  tras la necesaria depuración se hiciese una edición antológica de su poesía; una poesía que –al menos visto lo que he visto- me parece ser en algunos casos probablemente la del mejor poeta de la capital de la Axarquía al menos hasta la segunda mitad del siglo XX.

Mención aparte merece el valor indiscutible de sus pequeñas anécdotas sobre personajes del Vélez de la primera mitad del siglo, relatadas en prosa narrativa, algunas de las cuales –las únicas, como digo, a las que tuve acceso- se publicaron en los libros de Feria recopilados por Montoro. También sería de desear que alguna institución pública tomase a su cargo la recopilación y publicación de las mismas, que constituyen  un legado testimonial y literario invalorable para la cultura veleña y axárquica.

 

 

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