La Cigarra y la Hormiga

Bajo el imperio de la cultura cofrade

 

Hablar sobre la cultura implica, ante todo, una primera dificultad: la de definir el objeto. Máxime, claro, si se trata –aunque sea sesgadamente- de sugerir o juzgar líneas de acción propias de las administraciones, la municipal, en este caso. Pruebas al canto: si englobamos en el concepto de “nuestra cultura” su amplio y secularmente descuidado “patrimonio histórico”, las competencias entran más bien en el territorio de Urbanismo; si hablamos de la ancha banda de la “cultura popular” y las tradiciones, caen mayormente en la órbita de Fiestas; si de la base indispensable para el desarrollo de una cultura propia, la formación, en el área de Educación. Al fin, concluiremos que a la escueta y siempre pauperizada área de Cultura sólo le compete mantener la programación del Teatro del Carmen y soportar a la bullanguera camándula de artistas y de quienes creen serlo, siempre ávidos de subvenciones, y repartir lo más ecuánimemente posible las cuatro perras que los presupuestos le adjudican. Imagino que una encrucijada similar se plantea a quienes fundan una Sociedad de Amigos de la Cultura: y es que si –como efectivamente suele afirmarse con ligereza- Cultura es todo, el resultado es que al fin nada es Cultura.

De modo que siempre que intento referirme a la Cultura (no sé por qué las mayúsculas, quizás por un reflejo pavloviano de elitismo) empiezo por elegir mi campo: y puesto a elegir, prefiero referirme a un sector más específico. Existe una expresión, tampoco demasiado precisa pero desde mi punto de vista al menos más acotable: el campo intelectual. Campo intelectual que se refiere, con límites más o menos flexibles, al sector de la cultura donde se desarrolla el debate de las ideas, la producción de pensamiento (creativo, se entiende), la reflexión sobre la realidad y la cultura misma, incluido como territorio privilegiado el de la producción artística en todas sus facetas. Pero claro, que es imposible hablar de este campo intelectual sin enmarcarlo en el criterio más amplio, que es de la cultura (ahora sí, tomada como el concepto que engloba las actitudes, las costumbres, el  sentido común socializado, las creencias de una sociedad en cada momento de su desarrollo). Porque inevitablemente, el debate de las ideas, la producción intelectual específica, se realiza a favor o en contra de las concepciones culturales predominantes. Esto es, a favor o en contra de lo que solemos denominar la cultura oficial. Cultura oficial que, a mi entender, no es la política cultural que desarrolla un determinado gobierno, sino las coordenadas culturales (en el sentido amplio) que sigue una sociedad. En ese sentido, una administración cultural puede seguir las líneas de la cultura oficial o incluso contradecirlas. Claro que, por obvias razones que competen al territorio de la política electoral, tan poderoso caballero, no suele ocurrir la segunda opción. Por eso, nos parece natural que un gobierno municipal dependa de la voluntad de empresas privadas para que exista una revista oficial de cultura, mientras se gasta ese mismo dinero en contratar un pregonero de Gran Hermano para presentarlo como ejemplo de la juventud.

Bajemos ahora del cielo, y como el capitán cautivo de Cervantes vengamos a derivar en las tierras veleñas. ¿Qué podemos decir del campo intelectual veleño? Ante todo, ¿existe? Podría acudir al facilismo demagógico de negarlo tres veces, como Pedro a Jesucristo. Pero a sabiendas de que mentiría. Siempre existe un campo intelectual. Siempre hay un sector de la sociedad –y unas políticas de la administración referidas a ese sector- en el que se desarrolla el debate de las ideas y sobre todo, se organiza su transmisión. Y cuando hablamos del debate y la transmisión de las ideas, observemos que esa perspectiva planea sobre todo lo demás: es en ese campo donde se legitima o deslegitima la actividad intelectual y artística. Hace no más de unas décadas, en medio del furor de las pelas playeras, a nadie se le ocurría que valía la pena rescatar de la ruina progresiva a los vestigios del pasado arquitectónico de Vélez-Málaga, y de hecho muchos se tiraron abajo sin piedad. Hoy se ha generado una conciencia –tal vez todavía no suficiente pero sí evidente- de esa necesidad, no sólo por motivos nostálgicos, sino incluso por motivos económicos. Es un ejemplo, tal vez el más claro, de que las modificaciones de la mentalidad social hacen valorar de manera diferente las que en otro momento fueron ideas de unos pocos; pero también demuestran que son las ideas de unos pocos las que con su persistencia van modificando la mentalidad social. O sea, vamos: la cultura oficial.

Y de eso se trata, al menos desde mi punto de vista. Siempre he actuado en este terreno con la convicción de que la producción intelectual y artística es un ejercicio contra la cultura oficial. O sea: por la generación, difusión y afianzamiento de nuevas ideas, de nuevas formas de expresión, de nuevas formas artísticas. Ir contracorriente. Ir contra el sentido común, que no es más que la ideología dominante convertida en criterio de normalidad.

No soy enemigo, ni mucho menos, de las tradiciones que van creando la identidad de una comunidad. Pero la tradición, que contiene un fuerte componente identitario y por lo tanto de defensa de los valores de una sociedad, actúa también –precisamente por eso- como  valla frente a las ideas renovadoras, frente al cambio, frente al progreso. La fortaleza de una sociedad reside en saber preservar ciertos valores propios frente a las invasiones culturales devastadoras; pero al mismo tiempo mantener la cabeza abierta a nuevas posibilidades positivas y progresistas. Porque una cultura estática, es una cultura destinada a la parálisis. Y por ello, alzar el estandarte de las tradiciones, por fuertes que parezcan ser, para convertirlas en dogma frente a la novedad cultural, frente a la ruptura, es uno de los componentes más peligrosos que frenan las transformaciones y el avance de las ideas.

Es obvio que para los gobernantes –cuya continuidad depende de la voluntad de las mayorías- es más fácil convertirse en adalides de lo que ya existe, que arriesgarse a portar ideas nuevas. No le pidamos peras al olmo. En todo caso, pidámosle sí, que generen un espacio de libertad intelectual y oportunidades para que se desarrollen, en ese campo intelectual veleño, los sectores o individuos que buscan el germen de nuevas ideas, de nuevos conceptos culturales y artísticos. Y que no vean en todo aquel que no comparta lo que los propios gobernantes creen “el sentir popular”, a un sospechoso de estar conspirando con la oposición para desalojarlos de las Carmelitas. Dejemos –y posibilitemos- que surja un espacio cultural renovador y creativo, aunque sea por entre las rendijas que dejan las pesadas losas de opio cofrade que dominan la cultura veleña. Yo, al menos, me apunto a ese objetivo.

 

 

 

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